HERMANAS CLARISAS

Por la hermana Teresa Angeles, del monasterio de Denver, Colorado

 

 

¡VEN SEÑOR JESÚS!

Dice el que da testimonio de todo esto: « Sí, vengo pronto». ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén! ( Jn 22,20-21)

 

1.1 Sentido etimológico de esta frase

 

“Ven, Señor Jesús” es una oración bíblica que se encuentra situada al final del último libro del canon del Nuevo Testamento (Ap 22,20). Proviene de Maranatha que es la transcripción griega de dos palabras arameas. Maran atha se encuentra en (1 Co 16,22), y también en la Didakhe, que es uno de los libros más antiguos que hablan sobre la liturgia eucarística. La Didakhe o Doctrina de los doce apóstoles (10,6). Se puede leer Māranātā: “Nuestro Señor ha venido”. Así la interpretaban los primeros autores eclesiásticos como: Juan Crisóstomo, Jerónimo y Agustín. Supone un perfecto que tiene un valor de acción ya realizada: Él ha venido, por tanto está aquí. También se puede leer mārānā tā: Ven, Señor Nuestro”. Esta lectura se apoya en el Apocalipsis, que tiene todo el aspecto de ser la traducción griega literal de la expresión aramea: Maran atha”(1)

Por el contexto en que se encuentra situada esta oración eclesial, se puede suponer que esta oración era de uso común entre los cristianos griegos provenientes de Palestina. Esta frase, en cualquiera de sus traducciones, invoca la presencia del Señor. San Pablo y la Didakhe citan estas palabras en el contexto eucarístico. En la Didakhe precede una invitación a acercarse (al pan eucarístico) “El que sea santo, que se acerque” “el que no lo sea, que haga penitencia”(2). En san Pablo precede una maldición para quienes no amen al Señor: “El que no quiera al Señor, sea anatema”. En ambos casos se ofrece en la fórmula aramea tanto del aviso como de la promesa puesto que: en la Eucaristía el creyente se encuentra con su Señor presente como Juez y Salvador de todos. Por ello en el apocalipsis se subraya el aspecto escatológico de la palabra(3).

 

1.1.2 Contexto en que se encuentra esta frase escatológica en el Apocalipsis

 

San Juan, en las visiones del apocalipsis, nos presenta la revelación de Jesucristo en torno a una liturgia celestial en la que está unida la iglesia del cielo y la de la tierra. En ella se escuchan las mismas aclamaciones, los mismos cánticos (el cántico de Moisés). La liturgia de la tierra, como la del cielo, contempla a Cristo resucitado como el centro en torno al cual gira esta liturgia. La Iglesia ve en él el reflejo de la gloria del Padre, y lo aclama con el glorioso título de Kyrios, que es la traducción griega del tetragrama YHWH. La presencia de Cristo en medio de la asamblea divina es la prenda y la anticipación de su retorno glorioso. Por eso, la Iglesia en su oración litúrgica expresa con intensidad la espera escatológica(4) y en cada eucaristía manifiesta este anhelo por el retorno de Cristo.

 

En el marco de la oración litúrgica celestial, se encuentra esta oración de la Iglesia: “Ven, Señor Jesús”. Con esta oración de súplica se cierra el último libro del apocalipsis= revelación de Jesucristo. Esta oración es el amén de la Iglesia a toda la revelación dada por Dios, se dirige al Señor Jesús implorando su retorno, y constituye una de las oraciones más antiguas de la Iglesia primitiva.

 

1.1.3 El espíritu y la Esposa dicen “Ven”

 

La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, por quien él se entregó para santificarla y presentársela ante sí toda resplandeciente, santa e inmaculada por el amor. Esta Iglesia, esposa, es representada en el Apocalipsis como la ciudad santa, Jerusalén que desciende del cielo de junto a Dios, engalanada como una novia para su esposo (Ap 21,2-3). Estaba vestida de la gloria de Dios. Se le concedió vestirse de lino deslumbrante de blancura que, son las buenas obras de los santos. (cf. Ap 19, 8). En ella mora Dios, por medio de su Espíritu. Ella es la morada de Dios entre los hombres. Animada, guiada e impulsada por el Espíritu Santo que ora en ella con gemidos que llegan hasta Dios, suplica anhelante la venida Gloriosa de Cristo, que la liberará de todos los poderes del mal para introducirla en la gloria de Cristo su Esposo.

 

Así como el Verbo de Dios, al venir a este mundo, participó de la naturaleza humana, así hace partícipe a la Iglesia de su Espíritu hasta formar una unidad esponsal, que es descrita por el apóstol Pablo como un gran misterio: “Se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia”. ( Ef 5,31). Por ello, la Iglesia Esposa de Cristo, animada del Espíritu de Dios, exclama: ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,20). El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo. Él Hace rejuvenecer a los miembros de Cristo por la virtud del Evangelio, los renueva constantemente y los conduce a la unión consumada con Cristo. Es él quien enriquece a la Iglesia con tesoros celestiales, para que en ello podamos comprender la caridad de Dios para con todos nosotros(5).

 

1.2.1 La Parusía

 

Definición de los términos, Parusía y Epifanía

En el Nuevo Testamento se utilizan varios vocablos para referirse a la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos. Entre estos se encuentra el término griego: Parusía o paroidia, de pareinai cuyo significado es estar presente. Este término, en el mundo helénico, evocaba la presencia activa, después la venida, y la visita. Se utilizaba para designar la visita oficial del príncipe a una provincia o ciudad, la cual transcurría en el contexto de una gran ceremonia de recibimiento. Ocasionalmente se utilizó para designar la aparición benéfica de una divinidad. En la traducción de los LXX, se utilizó para designar la idea de manifestación divina, el gran Día de Yahvé(6).

 

Otro de los términos que se utilizan en los escritos tardíos del Nuevo Testamento para referirse a la segunda venida de Cristo resucitado y exaltado, es el término griego “epifanía”, lo cual significa manifestación. Con este término se designaba asimismo el reinado de Dios que ha comenzado y se ha manifestado con la muerte y resurrección de Jesucristo el Señor. Así, en la primera carta a Tito, Pablo se expresa:”Aguardamos la esperanza bienaventurada y la manifestación del gran Dios y salvador nuestro Cristo Jesús” (6,14).

 

En el griego profano, este término expresaba la manifestación de una divinidad salvadora y la experiencia de su acción salvífica; igualmente enunciaba el acto de la presencia del monarca divinizado en los actos del culto divino que, en el mundo helenístico-romano, se tributaba al estado. La Iglesia primitiva vio realizada en la persona de Cristo: en su Encarnación y en su segunda venida, la prometida “Venida de Dios”. Epifanía es un término que puede ser utilizado como sinónimo de parusía. En el nuevo testamento se quiere expresar con esta palabra que en Cristo Dios se ha manifestado al mundo(7).

 

 

 

1.2.2 Pablo y las cartas católicas

 

En las cartas de Pablo, como en otros escritos neotestamentarios, la venida de Cristo es inminente, aunque muchas veces se subraya que la venida escatológica ya ha comenzado a realizarse en la vida de la Iglesia y exige la transformación de los creyentes a semejanza de Cristo. La Iglesia primitiva vivía con el anhelo constante de su advenimiento glorioso, cuando lo contemplarían viniendo sobre las nubes con gran poder y gloria, siendo arrebatados al encuentro del Señor para permanecer siempre con él. (cf. 1 Ts 4,16-17)

 

San Pablo expresa que también los apóstoles y ministros sagrados han de luchar el buen combate de la fe, guardando fielmente el depósito recibido hasta la venida gloriosa del rey de reyes, del único soberano que posee la inmortalidad, nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim 6,11-16).

Las Cartas Católicas a su vez hablan de la cercanía y proximidad de la venida de Cristo. Santiago exhortaba a los fieles a la paciencia ante la venida del juez: “Fortaleced vuestros corazones porque la Venida del Señor está cerca” (St. 5,8). La paciencia constituye una virtud necesaria ante la aparente tardanza de Cristo. Pedro por su parte usa el término revelación y habla de la herencia incorruptible reservada para los fieles en el cielo, y que está a punto de mostrarse: “A quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento” (1 Pedro 1,5-7). Del mismo modo reafirma la legitimidad de la venida escatológica, recordando a los fieles que el tiempo de Dios no es el tiempo de los hombres (cf. 2 Pe 3,8-10).

 

1.2.3 El Apocalipsis

 

El apocalipsis utiliza muchos procedimientos literarios del género apocalíptico. Fue escrito en tiempos de persecución, a finales del siglo I. Asimismo utiliza abundantemente pasajes apocalípticos del Antiguo Testamento. El triunfo de Cristo resucitado está de fondo en todo el escrito: el juicio de Cristo y la nueva creación constituyen lo fundamental en esta visión profética. Este escrito proyecta realidades ya presentes en el tiempo histórico de la Iglesia, porque Cristo resucitado lleva a cabo misteriosamente la realización de la vida eterna en el aquí y ahora del tiempo histórico de los elegidos(8).

 

En general, la mayoría de las alusiones neotestamentarias a la parusía y al fin de los tiempos, son presentadas como inminentes: “Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona” “El día del Señor está cerca, a las puertas” (Ap 3,11; cf. Mt 24,33). Igualmente, en el Nuevo Testamento se recuerda que Dios es el dueño de la historia y que la fecha de su venida depende de su autoridad soberana(9).

 

1.3 Actitudes necesarias del cristiano ante la llegada de su Señor

 

El llamado apocalipsis sinóptico (Mt 24,1-36) con las parábolas-imágenes del retorno de Cristo (Mt 24,37-51 Mt 25,1-46), es una invitación para todos los creyentes a la espera del Señor. En estos pasajes la parusía es vista como el momento decisivo de la historia del hombre, y por ello se ha de emplear toda la existencia terrena para preparar el momento del encuentro con Cristo que viene. En razón de este retorno de Cristo, surge la necesidad de la actividad diligente para equiparnos con obras idóneas en orden al juicio. La esperanza, la justicia, la caridad, la fidelidad, la perseverancia, la confianza y la prudencia, son virtudes necesarias a la Iglesia pues estas virtudes la preparan ante la repentina venida de Cristo. Además, el creyente necesita saber esperar soportando las dificultades y las pruebas para poder alcanzar las promesas. Porque Dios se ha manifestado en Cristo y nos ha comunicado la sustancia de las realidades futuras(10). Consiguientemente, es necesaria la vigilancia para no vernos sorprendidos en el día del juicio final.

 

 

1.3.1 La vigilancia

 

La vigilancia es un estado de alerta que se fundamenta sobre una esperanza firme. Exige una constancia de espíritu sin decaimiento, que recibe el nombre de sobriedad11. La vigilancia ha de conducir al cristiano a mantener una actitud interna de expectación que lo impulsa a vivir de acuerdo a la vida nueva en Cristo y a preparar la propia vida para el encuentro con él.

 

En el Nuevo Testamento constantemente se anuncia el retorno glorioso de Cristo, por ello se hace necesario que la Iglesia aguarde anhelante a su Señor. La vigilancia es una virtud fundamental para el creyente, de la que dependerá la preparación adecuada para el encuentro con Cristo. El apóstol Pedro exhorta a los cristianos a poner toda su esperanza en la gracia que traerá la venida de Cristo (1 P 1,13). Esta esperanza tiene un carácter de totalidad porque en ella se fundamenta toda la vida del cristiano, es el móvil de sus deseos, energías e impulsos, dado que a quien que se espera es a Cristo mismo.

 

Asimismo la vigilancia le es necesaria al cristiano para no dejar que los vicios, la embriaguez, las tendencias de la carne y las preocupaciones de la vida, entorpezcan su mente (cf. Lc 21,34). Lo cual podría equivaler a una forma de adormilamiento. La vigilancia sobre su actuar y el discernir sus motivaciones internas, es algo importante para el creyente que quiere prepararse bien para el encuentro con Cristo. Dios espera la responsabilidad por parte del hombre porque lo ha dotado para ello.

 

1.3.2 Tres parábolas sobre la vigilancia (fundamentos de la Tradición)

 

San Mateo nos presenta el tema del retorno de Cristo resucitado en forma de parábolas. Cada una de ellas tiene de fondo impulsar al creyente a vivir vigilante y a estar en vela esperando al Señor que vuelve, para no ser sorprendidos por su llegada. Estas parábolas están dirigidas a todos los creyentes a través de los tiempos, pues Cristo vendrá al final de los tiempos y también el último día de la vida de cada hombre.

 

1) Parábola del Mayordomo (Mt 24,45-51)

 

El mayordomo, según nos lo presenta el evangelista, es un siervo a quien su Señor pone al frente de su servidumbre para que les administre la comida a los otros criados. Este siervo tiene la opción de cumplir fielmente el encargo de su Señor en favor de la servidumbre encomendada y, asimismo, puede maltratarlos y dedicarse a una vida viciosa, pensando en su corazón que su Señor tardará en llegar. Esta parábola es aplicada con frecuencia, por los Padres de la Iglesia, a los pastores que han sido puestos por Cristo al frente de su rebaño. Así lo interpreta San Hilario:

 

    “Aunque el Señor nos había exhortado en general a vivir con mucha vigilancia, encomienda de      un modo especial a los príncipes de su pueblo (esto es, a los obispos) la solicitud en la             expectación de su venida. Pues el siervo fiel y cabeza prudente de su familia, significa el      pastor que provee de lo útil y conveniente al rebaño que le está cometido. Por esto dice:       "¿Quién creéis que es el siervo fiel y prudente? etc.(12).

 

A los pastores les corresponde dar el alimento espiritual a sus fieles, porque en sus manos han sido puestos los sagrados misterios. Pues a ellos les ha sido confiado el ministerio o servicio de apacentar a su Iglesia hasta el día en que Cristo regrese glorioso.

Esta parábola ha sido interpretada de diversas formas y ha sido aplicada en algunas ocasiones a todos los que tienen a su cargo el cuidado de sus hermanos. Por lo cual han de rendir cuentas al dueño de la hacienda: “Al Señor que viene”. Porque el Señor ha anunciado que vendrá y, si lo encuentra cumpliendo con su deber, lo pondrá al frente de toda su hacienda.

 

2) La parábola de las diez vírgenes (Mt 25, 1-12)

 

Esta parábola es exclusiva de Mateo, aunque los otros evangelistas tienen algunas referencias a ella. Los santos Padres, especialmente los de los primeros siglos de la Iglesia, comentaron ampliamente esta parábola. Ellos expresan que estas diez vírgenes que salieron al encuentro del esposo, representan a todos los bautizados. Son vírgenes por su pertenencia a Cristo por medio

del bautismo, pero cinco de estas vírgenes son necias y no traen aceite para mantener viva la llama hasta la venida del esposo.

 

El cristiano debe estar equipado con suficiente aceite para mantener la llama encendida todo el tiempo que sea necesario. Aunque tuviera que dormir por la tardanza de su Señor, en nada le afecta si viene prevenido. Este aceite simboliza al Espíritu Santo que es quien mantiene viva la llama del la justicia, la misericordia y el amor en la vida de los fieles. Se adquiere en la Iglesia por medio de la fe y los sacramentos. La fe verdadera en la revelación es fundamento sobre la que el cristiano construye su vida. Así, aunque Cristo tarde en llegar y el cristiano duerma, la llama debe estar encendida para entrar en el banquete de bodas.

 

San Gregorio Magno dice en una de sus homilías con referencia a la identidad de las vírgenes: “Los que rectamente creen y justamente viven, son comparados a las cinco vírgenes prudentes. Pero los que confiesan en verdad la fe de Jesucristo, pero no se preparan con buenas obras para la salvación, son como las cinco vírgenes necias”(13). Por ello la profesión de fe sin las obras no es garantía de salvación, pues es necesario que brillen nuestras buenas obras ante todos los hombres. Esta lámpara (el cuerpo humano) es el lugar donde ha de brillar la llama, donde han de aparecer las buenas obras del creyente.  

 

Cristo previene a sus fieles sobre la posibilidad de no ser admitido en el festín de bodas, en caso de no estar preparados, en caso de tener que ir a buscar el aceite cuando se anuncia la llegada del esposo y no llegar a tiempo con la lámpara encendida. Por ello el estar vigilantes y prevenidos con todo lo que es necesario para alcanzar la salvación, como: mantener impecables las vestiduras bautismales, llegar a la fiesta vestidos con el traje de lino blanco (que son las buenas obras), así como la perseverancia en las tribulaciones con la mirada puesta en el cielo nuevo y la tierra nueva que nos promete Cristo.

 

Estas vírgenes dormitaron porque el novio tardaba en llegar, y se durmieron. Las vírgenes debían saber que el novio se tardaría. En la Sagradas Escrituras, la muerte es representada por el sueño. Durmieron y fueron despertadas por el anuncio de la llegada del Esposo: “Ya está aquí el novio salid a su encuentro” y san Gregorio explica: “Entonces todas las vírgenes se levantan porque tanto los elegidos como los réprobos despiertan del sueño de la muerte; preparan sus lámparas, porque cuentan en su conciencia sus obras, por las que esperan recibir la bienaventuranza”(14). Al despertarse preparan sus lámparas, o sea sus cuerpos, pero las necias se dan cuenta que no tienen aceite: no tienen virtudes ni buenas obras, por lo que sus lámparas no contienen la luz esplendorosa de Cristo. Piden a las vírgenes prudentes les den de su aceite, pero sólo reciben el consejo de ir a donde lo venden a adquirirlo. Pero es el tiempo de entrar al banquete, no es tiempo de comprar aceite. Pues: “Este aceite se compra y se vende a mucho precio, y se logra con mucho trabajo: no sólo con las limosnas, sino también con las virtudes y consejos de los maestros. Como había ya pasado el tiempo de vender y llegado el día del juicio, no había lugar a penitencia ni a hacer nuevas obras buenas, y se ven obligados a dar cuenta de las pasadas” (15).

 

Mientras ellas iban a buscar el aceite, llegó el Esposo y las que estaban preparadas entraron en el banquete de bodas y se cerró la puerta. Este banquete de bodas representa la vida eterna preparada por Dios para sus fieles desde la eternidad. Allí los ilumina la gloria de Dios y la luz de Cristo, y beben el vino nuevo del reino. Las vírgenes imprudentes no entraron al banquete, pues como comenta San Jerónimo: “Aunque sean vírgenes, ya por la pureza del cuerpo, o ya por la confesión de la verdadera fe, sin embargo, son desconocidas por el esposo porque no tienen aceite. De aquí se infiere aquello de "Vigilad, pues, porque ignoráis el día y la hora”(16). Es en esta vida donde el creyente se prepara con sus obras para poder entrar a las bodas del cordero. Cristo el Señor, viene continuamente a sus fieles por medio de su palabra y de sus sacramentos. Esta parábola de Mateo me parece muy significativa y elocuente, pues me invita a la reflexión, me hace pensar en el hecho de que he sido invitada con todo el pueblo de Dios a las bodas celestiales y de lo importante que es tener siempre mi lámpara encendida.

 

3) La parábola de los talentos ( Mt 25,14-30)

 

Esta parábola nos habla de un hombre que se ausenta, llama a sus siervos y les encomienda su hacienda dándoles talentos para que los trabajen en su ausencia, de acuerdo a la capacidad de cada uno. San Gregorio explica en una de sus homilías que: “Este hombre que marcha lejos, es nuestro Redentor, que subió al cielo, con aquella carne que había tomado, la cual tiene su lugar

propio en la tierra, y es llevada como en peregrinación, cuando es colocada en el cielo por nuestro Redentor”(17). Cristo habiendo subido al cielo, encomienda a sus fieles sus dones para que los fructifiquen para el desarrollo de su reino, y al cabo de un tiempo volverá para pedirles cuentas.  

 

Una vez más San Gregorio Magno explica que en este evangelio se hace referencia a todos los hombres del mundo: “Este pasaje del Evangelio reclama nuestra atención porque aquéllos que en este mundo han recibido más que los otros, han de sufrir un juicio más severo ante el autor del mundo. Porque a proporción que se aumentan los dones, crece la obligación de la cuenta”(18). Dios otorga sus dones continuamente a todos los hombres, y estos deben actuar no como dueños sino como administradores de lo que poseen en este mundo.

 

Esta parábola nos muestra que algunos, inmediatamente, se pusieron a negociar y doblaron el número de talentos, otro por el contrario escondió el talento bajo tierra, lo que puede significar que emplea todo su talento en las cosas de la tierra(19). Pero, pasado mucho tiempo, regresó el Señor para pedir cuentas a sus siervos. Esta imagen nos muestra a Cristo como Juez, que vendrá a juzgar a vivos y muertos, llamando a sus siervos a cuentas para dar a cada uno según sus obras. La parábola nos dice que llama al primer siervo, quien le presenta los cinco talentos mas otros cinco que había adquirido con su diligencia, por ello su Señor lo felicita: “! Bien siervo bueno y fiel! En lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”. Presentándose el segundo, le ofreció los dos talentos recibidos mas otros dos que adquirió y el Señor le dio la misma respuesta que al primero: “!Bien siervo bueno y fiel! En lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”.

 

Entonces el siervo fiel será puesto sobre lo mucho; porque, libre de toda molestia de corrupción gozará en el cielo de eterno gozo. Entonces entrará en el perfecto gozo de su Señor, cuando arrebatado a aquella eterna patria y agregado a los coros de los ángeles, se hallará poseído interiormente de un gozo, que no será interrumpido por la corrupción exterior(20).

 

Por último se presentó el hombre que había recibido un talento, quien movido por temor, lo escondió bajo tierra, que es como decir dedicó sus talentos a las cosas de la tierra. Al presentarse

a su Señor, le dijo lo que había en su corazón, aunque esta opinión suya difería mucho de la verdad: “sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste, por eso tuve miedo y escondí tu talento” y le presentó sólo el talento recibido, sin ninguna producción, por lo que fue reprendido duramente y le fue retirado el talento, siendo excluido del gozo de su Señor. Pues este hombre no quiso reconocer que todos los dones provienen de Dios y son dados al siervo para trabajar con ellos. Con referencia a esta parábola, comenta san Agustín:

     Más, ¿quién niega que debamos esperar la pronta venida del Señor cuando veamos cumplirse       los anuncios de los evangelistas y de los profetas? Ciertamente, cada día se aproxima más y       más... he aquí que pasaron tantos años y, sin embargo, lo que dijo no es falso, ¿con cuánta        mayor razón se ha de decir al presente que se acerca la venida del Señor, cuando tanto se ha       recorrido para llegar al fin?(21).

 

La Iglesia espera la venida de Cristo que vendrá como juez, pero habiendo recibido sus dones, se esfuerza por multiplicar los talentos de su Señor para entrar en el gozo eterno de la Trinidad. Esta parábola expresa una bienaventuranza para el creyente vigilante: Dichoso al siervo que se encuentra despierto a su regreso (cf. Lc 12,35). Los cristianos son los siervos a quienes Jesús, su Señor, encarga de hacer fructificar sus dones para el desarrollo de su reino. El verbo “velar”, en sentido metafórico en los escritos neotestamentarios, significaría vivir una vida de fe muy intensa, estar alerta contra las insidias del demonio, mantenerse a punto para la venida del Señor22. En estas parábolas se nos exhorta a todos los creyentes a ser como quienes esperan a que el Señor regrese de la boda para abrirle en cuanto llame. También a llevar con nosotros el aceite necesario para salir a su encuentro con nuestras lámparas encendidas, para poder entrar en el gozo de nuestro Dios.

 

Las primeras comunidades cristianas sabían que el Señor vendría repentinamente, como un ladrón. Por eso, su vida era una constante lucha; por ello, el apóstol los exhortaba a tomar las armas de la luz: la coraza de la fe y de la caridad, cimentados sobre la esperanza de la salvación, para no ser sorprendidos (cf. 1 Ts 5,1-11). Es Dios quien santifica al hombre para hacerlo comparecer ante sí plenamente renovado. Las vestiduras blancas, el traje de fiesta con que el cristiano ha de vestirse para el día de bodas del cordero, son las virtudes de Cristo. La espera de la manifestación gloriosa de Cristo es el motivo fundamental de la paciencia cristiana. Aun ante la tardanza del Señor, se requiere del cristiano la paciente espera, pues el no tener esta virtud puede traer consigo el rechazo de las bodas celestiales.

 

1.3.4 La Esperanza

 

La esperanza en los bienes futuros es una virtud necesaria para el cristiano, pues en ella ha de fundamentar su existencia. El uso griego emplea el vocablo “elpis” tanto para la espera de la felicidad como para el temor de la desgracia. En el Antiguo Testamento la esperanza (en hebreo tiqwāh) designa siempre la espera del bien. La esperanza representaba un papel muy importante en la vida religiosa del pueblo de Israel puesto que se basaba en la alianza y en las promesas hechas a los Patriarcas. Por esto, en el Antiguo Testamento, la esperanza es la bendición de Yahvé, garantizada por la palabra dada(23).

 

La esperanza forma parte de la antropología humana, pues para el hombre vivir es esperar, y sin esta esperanza la existencia carece de sentido y de proyección hacia el futuro. Pero la cuestión es ¿qué es lo que espera el hombre en su vida diaria? Pues de acuerdo a lo que espera pondrá en juego lo que tiene.

 

Desde el punto de vista cristiano podemos decir que el hombre creyente posee una esperanza que no será confundida porque descansa en lo que Dios ya ha realizado en Cristo. Asimismo el pobre y el pecador encuentran su esperanza en la misericordia y el amor del Padre que todo nos lo ha dado en su hijo. El Nuevo Testamento nos descubre que la Buena Nueva de Jesús está llena de esperanza porque es el anuncio de la salvación que tiende hacia el futuro, pero que está ya presente y activa en Jesús.

 

La esperanza cristiana está hecha de expectación, confianza y paciencia. Esta esperanza se apoya en la resurrección de Cristo. El creyente espera el cumplimiento de las promesas de Dios dadas por Jesús y proclamadas por los apóstoles. Es una promesa que sacia todas las expectativas humanas más profundas: vivir eternamente felices y ver a Dios tal cual es. Esto se hará realidad en la manifestación gloriosa de Cristo. Por ello san Pablo recuerda a los Tesalonicenses que se convirtieron de los ídolos para: “Esperar así a su Hijo Jesús que ha de venir de los cielos, a quien resucitó de entre los muertos y que nos salva de la cólera venidera” (1 Ts 1,10). El cristiano que vive en el Espíritu posee ya los bienes de la salvación, porque posee el Espíritu que da la vida eterna y garantiza la resurrección del cuerpo; también, porque come el cuerpo del Señor que es antídoto contra la muerte, como afirma Jesús: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6,51). Las promesas de Cristo tienden hacia el futuro, pero Cristo ha iniciado ya los tiempos escatológicos con su venida, con su muerte y su resurrección. Por eso el cristiano pone su esperanza en él y aguarda su retorno glorioso. En la vida presente esta esperanza es fuente de alegría, seguridad y gloria para el creyente. Esta esperanza está íntimamente unida a la fe y a la caridad y constituye toda la vida interior del cristiano. Por ello dice san Pablo a los Romanos: “El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rm 15,13). Esta esperanza es el fundamento de la purificación que debe experimentar el creyente, para configurarse con Cristo(24).

 

1.3.5 La fe y la esperanza virtudes dinámicas

 

La esperanza es una virtud fundamental, es la misma persona de Jesucristo sobre quien se fundamenta toda la vida del creyente. Porque éste, al creer y esperar con plena certeza en las promesas de Cristo, ha de poner en juego toda su existencia. Benedicto XVI nos dice que la Buena Nueva de Cristo no es solamente información sino Buena Noticia que transforma al creyente. Pues el saberse amado, redimido, salvado por Dios, es lo que puede sostener la existencia aun a pesar de las dificultades. Por ello, quien cree y espera en Cristo es impulsado interiormente a vivir una vida nueva.

La fe y la esperanza, en nosotros los cristianos, suponen una experiencia personal con Cristo, por la que nos damos cuenta de que somos infinitamente amados y que, a pesar del dolor y del sufrimiento, hay alguien sumamente bueno y amado que nos espera al final de nuestra vida. Esta experiencia del amor de Cristo puede transformar toda la existencia humana. El Papa expresa que en razón de lo que Jesús ha realizado con su Encarnación, muerte y resurrección, sabemos que él es el verdadero pastor que pasa por el valle de la muerte y de la soledad unido a cada hombre, porque él mismo ha descendido hasta la muerte y ha salido victorioso de ella. Él con su resurrección anticipa la resurrección del hombre, él es la vida que todo hombre anhela(25).

 

Benedicto XVI, explicando sobre la virtud teologal de la fe de la que trata la carta a los hebreos, enseña que la fe es la substancia de lo que se espera; prueba de lo que no se ve, pues esta fe otorga a la vida una base nueva sobre la que puede apoyarse el hombre. Además cita a Santo Tomás de Aquino en su definición sobre la fe: “Esta fe es una constante disposición del ánimo por la cual comienza en el creyente la vida eterna”. Por esta fe ya están presentes en el cristiano las realidades que se esperan, es como un germen que genera certeza. La fe nos da en esta vida algo de la realidad esperada26. Pues la fe no es una realidad estática, sino una realidad dinámica que el cristiano lleva dentro como prueba o garantía de lo que se cumplirá después.

He querido terminar esta meditación sobre la segunda venida de Cristo con esta reflexión tan profunda de nuestro Santo Padre sobre la Esperanza, pues al hablar del retorno glorioso de Cristo, la esperanza cristiana es fundamental. Igualmente, es necesario esperar el retorno glorioso de Cristo hoy en día con actitudes de vigilancia que nos llevan a cuidar lo que tenemos entre  manos, nuestra propia vida, llevando en nosotros la luz radiante de Cristo, para que aunque él tarde en venir, nos encuentre prevenidos con la lámpara encendida.

 

 

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1 Cfr. MAURICE, Pierre, “Diccionario Enciclopédico de la Biblia”, en AA. VV. Herder, Barcelona, 1993 pág. 965

2 BUENO, Daniel, DIDAKHE 6 “Padres Apostólicos” Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1993

3Cf. MAURICE, Pierre, “Diccionario Enciclopédico de la Biblia”, en AA. VV. Herder, Barcelona, 1993, pág. 966

4 MARTIMORT, A. G., “La Iglesia en oración”, Herder, Barcelona, 1992. Pág. 121

5 Cf CONCILIO VATICANO II, Lumen Gentium 4-6

6 Cf. MAURICE, Pierre, “Diccionario Enciclopédico de la Biblia”, en AA. VV. Herder, Barcelona, 1993 pág. 1181-1185

7Cf. HORST BALZ, Gerhard Schneider, “Diccionario Exegético del Nuevo Testamento”, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2005, Pág. 1555

8 Cfr.MAURICE, Pierre, “Diccionario Enciclopédico de la Biblia”, en AA. VV. Herder, Barcelona, 1993, pág. 1181-1185

9 Cfr. Ibid, p. 1181-1185

10 BENEDICTO XVI, SPE SALVI N 9

11 Cf. Pie de página de Mateo 24,42 de la biblia de Jerusalén

12 San Hilario, in Matthaeum, 27. CATENA AUREA N. 1542, CD, Biblia Clerus, Congregación para el Clero.

13 San Gregorio, CATENA AUREA N. 1545, CD. Biblia Clerus, Congregación para el Clero.

14 San Gregorio, CATENA AUREA N. 1545, CD. Biblia Clerus, Congregación para el Clero

15 San Jerónimo, CATENA AUREA N. 1545, CD: Biblia Clerus, Congregación para el Clero

16 CATENA AUREA N. 1545, CD. Biblia Clerus, Congregación para el Clero

17 San Gregorio CATENA AUREA N. 1545, CD. Biblia Clerus, Congregación para el Clero

18 San Gregorio, CATENA AUREA N. 1545, CD. Biblia Clerus, Congregación para el Clero

19 Cfr. San Gregorio, CATENA AUREA N. 1514, CD. Biblia Clerus, Congregación para el Clero

20 San Gregorio, CATENA AUREA N. 1514, CD. Biblia Clerus, Congregación para el Clero

21 San Agustín, CATENA AUREA N. 1514, CD. Biblia Clerus, Congregación para el Clero

22 Cfr. ANCILLI, Ermanno “Diccionario de Espiritualidad” Herder, Barcelona, 1984, pág. 590

23 MAURICE, Pierre, “Diccionario Enciclopédico de la Biblia”, en AA. VV. Herder, Barcelona, 1993, pág. 545

24 Cfr. MAURICE, Pierre, “Diccionario Enciclopédico de la Biblia”, en AA. VV. Herder, Barcelona, 1993, pág. 546

25 Cfr. Ibid, N 3-6

26 Cfr. BENEDICTO XVI SPE SALVI N 8