HERMANAS CLARISAS

POR LA HERMANA VERONICA GUZMAN, CLARISA CAPUCHINA

1. LIBERTAD SOCIAL Y RELIGIOSA EN LOS SIGLOS XII-XIII

 

1.1. Consecuencias sociales y políticas

 

La sociedad del siglo XII se podría definir como una sociedad en movimiento.  Esta itinerancia influyó también en el pensamiento y en la espiritualidad. Entre los teólogos comienza a desarrollarse, aunque de forma temerosa, el concepto de desacralización, cuestionándose la relación entre lo temporal y lo espiritual. La Creación deja de ser un misterio para convertirse en una ordenada colección de criaturas que pueden ser estudiadas y analizadas.

Se podría decir que, por primera vez, la gente siente ganas de vivir al descubrir su protagonismo y constatar que son posibles ciertas formas de organización donde crezca la libertad.

 

1.2.  Repercusiones espirituales

 

La mejora de la sociedad en el campo sociopolítico tuvo sus consecuencias en lo espiritual. A esta nueva forma de vivir rodeada de mayor libertad y confort, se corresponde la necesidad de buscar otro modo de vida que responda mejor a las exigencias de la propia fe.

 La mayor parte de la Iglesia también buscó en los orígenes su modelo de vida y acción. Los Apóstoles y la Comunidad primitiva serán el prototipo del nuevo modo de ser cristiano. La idea  de la Iglesia primitiva, se convertirá en el punto de referencia de todo intento serio de vivir la fe en profundidad.

 De ser una vivencia estática, como correspondía a la vida monástica, pasó a ser considerada como una expresión que contenía, sobre todo, la cura animarum, la cura de almas.

 La profundización en el ideal religioso desembocó en un nuevo tipo de espiritualidad que se podría concretar en la forma sancti Evangelii, la forma del santo Evangelio, un nuevo modo de entender y vivir lo espiritual, en contraposición a la forma primitivae Ecclesiae, la forma de la Iglesia primitiva. Las causas de esta nueva espiritualidad son varias, pero no cabe duda de que el movimiento de las peregrinaciones y de las cruzadas, con un acercamiento real a la Palestina de Jesús, un mayor acceso a los Evangelios y el impacto de la teología monástica, sobre todo de san Anselmo y san Bernardo, contribuyeron a hacer de la figura de Jesús, especialmente del Jesús pobre, el ideal de la vida cristiana.

 

1.3.  La espiritualidad de los laicos

 

La transformación de las estructuras eclesiales y jerárquicas tradicionales producida por la Reforma Gregoriana, afectó también a la gran masa de los laicos. La espiritualidad de la peregrinación no era nueva en la cristiandad. La recuperación del Santo Sepulcro  alumbraría una nueva era en la historia de la Iglesia y del mundo. Sin embargo, era ya demasiado tarde.

 Una de las consecuencias de la Reforma Gregoriana había sido el enriquecimiento de la Iglesia. Solidarizarse con los marginados de esta nueva sociedad era una forma de responder  a la llamada que Cristo pobre les hacía desde el Evangelio. Esta crítica a una Iglesia rica y poderosa no era, por tanto, descabellada; autores como S. Bernardo apoyaron esta idea de que la Iglesia no podía ser fiel a su misión mas que retornando a la pobreza evangélica, para no caer en la contradicción de predicar una cosa y vivir otra. Pero esto no era suficiente.

 Esto no quiere decir que la mujer no tuviera acceso a determinadas formas de vida religiosa. A éstas, que eran la mayoría, el matrimonio suponía un impedimento, más que una ayuda, para su vida espiritual. El prototipo de la espiritualidad matrimonial, aunque parezca paradójico, era la vida monástica, y los esposos que quisieran tomarse en serio su vida de fe tenían que ir renunciando a lo más propio de la pareja, la sexualidad, hasta ingresar por separado en algún monasterio. La radicalidad con que vivían estos grupos los hacía intransigentes frente a la vida incoherente de la jerarquía.

 Otro grupo similar era el de las Beguinas, una especie de «piadosas mujeres» que, viviendo en casas comunes o individuales alrededor de la iglesia, llevaban una vida de piedad semejante a las monjas.

 

1.4. Asís en la primera mitad del siglo XIII

 

Asís era, en esta época una ciudad pequeña de mediana importancia.  Sita en el centro del valle umbro, conoció unas convulsiones semejantes a las de los mayores centros de Espoleto. La ciudad conoce así sus variadas faces de formación, en aquellos años, de la comuna italiana: la lucha intestina entre maiores o bonihomines y minores u homines populi;  lucha contra los señores feudales, lucha en fin, con las ciudades vecinas (en particular Perusa).

 Este estado de continua hostilidad  de la ciudad, tanto interna como externa, fue sostenido y formado, en la primera mitad del siglo XIII, por las tensiones del emperador Federico II y los romanos pontífices, que hicieron de Italia central, y de la Umbría, un terreno de guerra continua. Estas constantes luchas no impidieron, el crecimiento demográfico y económico que no  conocieron siglos anteriores.

 La consolidación de la comuna marcó una nidificación de las relaciones sociales y económicas en toda la región. Con la autonomía de grandes capas de la población de vinculaciones feudales, como el «hominitium».

 A finales del siglo XII, Pedro Bernardone había desarrollado actividades manufactureras, y se había consolidado grupos de mercaderes, escribanos, médicos, entre otros.  La familia Favarone, a diferencia de la de Francisco, no proviene de estos gremios emergentes: al contrario, forma parte de los «maiores», que combatían y obstaculizaban la ascensión de los «homines populi».  

 

2. LIBERTAD EN EL FRANCISCANISMO

 

 El obispo de la ciudad de Asís, a quien Francisco el varón de Dios acudía con frecuencia para aconsejarse de él, acogiéndole amablemente, le dijo: «Vuestra vida me parece muy rigurosa y áspera al no disponer de nada en el mundo». A lo cual respondió el santo. «Señor, si tuviéramos  propiedades, necesitaríamos armas para defendernos. Pues son ellas motivo de un sinfín de querellas y pleitos, que suelen estorbar al amor de Dios y del prójimo. Esta es la razón por la cual no queremos poseer ningún bien material en este mundo».

El corazón ligero -como se ve con toda claridad en Francisco de Asís- obtiene su fuerza y su serenidad de la relación íntima que mantiene con la fuente de la vida y del ser: una relación de carácter filial, que le permite comportarse como un niño en presencia del último secreto de las cosas y encontrar su gozo en su Creado.

 

2.1. Libertad de espíritu

 

Francisco se sintió libre el día en que se despojó de todo ante el obispo de Asís. A esta experiencia de liberación se le une la de holgura, que comunica al ánimo  a escuchar en lo más  profundo del ser la voz del Espíritu que atestigua la filiación divina.

 La libertad de espíritu se manifiesta en san Francisco en su manera de ir a Dios, espontánea, personal y confiada; en el campo abierto que acoge la acción de la gracia; y en el modo de guiar a los demás.

Gracias a la libertad de espíritu, la espiritualidad franciscana ha logrado, generalmente, sustraerse a la tendencia de toda familia religiosa a construir escuela. Es cierto que se habla de una «escuela franciscana», de espiritualidad. Cuyos caracteres distintivos son  la espontaneidad y la ausencia de vestigios fijos.

2.2. La humildad y obediencia

 

San Francisco dio a su Orden el nombre de «Frailes Menores» por humildad, pues quería que sus hermanos fueran los siervos de todos y buscaran  siempre los sitios más humildes. Con frecuencia exhortaba a sus compañeros al trabajo manual y, si bien les permitía pedir limosna, les tenía prohibido que aceptaran dinero. Pedir limosna no constituía para él una vergüenza, ya que era una manera de imitar la pobreza de Cristo. El santo no permitía que sus hermanos predicaran en una diócesis sin permiso expreso del obispo.

 El misterio de la obediencia redentora de Cristo y la visión de la vida en obediencia como una maduración de la libertad de los hijos de Dios han venido a iluminar el valor de la «obediencia activa y responsable» y la función de servicio de quien manda.

  Es imposible entender el estilo de la obediencia franciscana sin el hecho anterior de la fraternidad y, por lo tanto, de la experiencia gozosa de la libertad cristiana en su propio clima. Escribe san Pablo: «Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad». Obedeciendo, el hermano sirve al hermano y se abre a todos los hombres. Obediencia de Cristo no es subordinación sino revelación de su igualdad con Dios, así la obediencia humana no es esclavitud sino revelación de la libertad de los hijos de Dios, signo de la posesión de Dios.  Es el amor el que como enseña san Pablo impedirá que la libertad cristiana degenere en autarquía desordenada. Una libertad animada por la caridad nos lleve a hacernos esclavos los unos de los otros, estableciendo una porfía de servicio recíproco (Gal 5,13).    

 

2.3. Autoridad, función de servicio

 

El concepto de obediencia comprende por igual a súbditos y superiores. La iniciativa personal entra así en juego, en la vida de obediencia, como ejercicio de libertad, y se funde con la razón misma de la renuncia a la voluntad propia por Dios y con el derecho primario de obedecer a Dios antes que a los hombres. Obediencia y libertad quedan coordinadas, en un plano genuinamente cristiano, al amparo de la caridad.  La conciencia personal y la fidelidad a la vocación evangélica, dos derechos inherentes a la libertad moral y al carácter responsable de la obediencia. La libertad franciscana no es la libertad de la carne, sino aquélla que se hace esclavo por amor. Porque la verdadera obediencia es cuando cada hermano obedece a cada hermano.  

 

2.4. La gratuidad  rasgos característicos  del hombre franciscano

 

Dios es «gratuito». Gratuitamente nos regala a su Hijo amado, aun antes de la previsión histórica del pecado. Gratis nos regala en el Hijo todas las cosas. Dios no «espera» nada de nosotros, no necesita de nuestra respuesta comercial. El hombre franciscano se tiene que saber valioso no por lo que produce, sino por lo que es. Busca servir, no producir. Espera ahora, un lugar, un tiempo oportuno. Puede pasar largos días y densos meses en un eremitorio contemplando: produciendo no se sabe qué. Intentando sólo ser un hombre convertido en un mundo en conversión, un salido del sistema que cuestiona todo el sistema.

 

3. AMBIENTE DE LIBERTAD FAMILIAR EN SAN DAMIÁN

 

Francisco conduce a Clara a san Damián, pequeña iglesia que él mismo santo había reparado con sus propias manos. Allí se instalan definitivamente y pobremente según su deseo. Se siente, al fin, feliz de poder entregarse totalmente en las manos de su Dios. San Damián, ese pequeño rincón de tierra bien concreto, se convertirá para Clara y sus hermanas en el lugar de su elevación  espiritual.      

 

3.1.  San Damián, fraternidad gozosa

 

 En el año 1212, la noche del domingo de Ramos, Clara escapa de su casa y se dirige rápidamente a la iglesita de Santa María de los Ángeles. Aceptada por Francisco, se consagra a Dios en una vida de pobreza y humildad. Después de un breve período, se enclaustra en San Damián y allí permanece hasta su muerte; cuarenta y dos años de vida escondida en Cristo, de contemplación y entrega total.

 La conversión o cambio radical de Clara no se realiza desde una confrontación  de ideas, de programas y de proyectos, sino desde el encuentro con un tú. En primer lugar, se ha sentido en su interior buscada y mirada por el Tú divino; después, en los momentos de crisis y de búsqueda de futuro, de lucha y de zozobra la vemos en referencia a otros hasta culminar en el encuentro privilegiado con Francisco que la guió en toda su vida humana y espiritual. Es precisamente este encuentro el que  hace salir  a Clara al encuentro de sus hermanas desde una nueva dimensión de libertad y de persona redimida por la gracia y la gratuidad.

No permanece sola. Pronto la siguen numerosas jóvenes de todas las condiciones sociales; constituyen con ella una nueva familia religiosa que al principio toma el bello nombre de «Hermanas pobres» (RCl 1,1 y TestCl 37) y seguidamente se convierte en la orden de las Clarisas y se difunde ampliamente en Umbría, en Italia y en el mundo.

Clara vive la oración contemplativa, dejándose transformar «totalmente… en la imagen de su divinidad» (3 CtaCl 13). Cuando regresaba de  la oración, «las hermanas se alegraban como si hubiera venido del cielo» (Proc 1,9). Tenía confianza absoluta en su esposo divino, incluso en situaciones dramáticas, como cuando, postrada ante la Eucaristía en el refectorio de san Damián, mientras los sarracenos estaban a la puerta, «con lágrimas habló a su Cristo: Señor mío, ¿acaso quieres entregar en manos de los paganos a tus siervas indefensas, que he educado por tu amor?» (LCl 22). Inmediata y milagrosamente fue escuchada, dándose  la liberación.

 

3.2.  La alegría perfecta

 

 Clara y sus primeras compañeras, con el espíritu de la perfecta alegría franciscana, afrontan todas  las pruebas no sólo con paciencia y valentía, sino también con alegría. «No temíamos ninguna pobreza, fatiga, tribulación, humillación y desprecio del mundo, porque, al contrario, considerábamos todo eso como una delicia» (RCl 6,2). Causa asombro la actitud de la santa durante su larga enfermedad. Porque nunca se escuchó en ella, una queja, o una impaciencia, o murmuración, más bien  todo lo vivió con espíritu de gratuidad. Clara fascinada por Cristo descubre en el dolor, la enfermedad y la misma muerte. Un camino en donde robustece su fe, acrecienta su esperanza y afianza su amor.

 Clara abiertamente dice en su Testamento: «Pues el mismo Señor nos puso a nosotras como modelo, ejemplo y espejo no sólo ante los extraños, sino también ante nuestras hermanas, que  fueron llamadas por el Señor a nuestra vocación, con el fin de que ellas a su vez sean espejo y ejemplo para los que viven en el mundo. Así, pues, ya que el Señor nos ha llamado a cosas tan grandes que en nosotras se pueden mirar aquellas que son ejemplo y espejo para los demás» (TestCl. 19-21).  

 

3.3.  Originalidad de la experiencia de san Damián  

 

La originalidad y la experiencia en san Damián se revela en el enfoque que Clara da en lo referente a la clausura. La vida en dicho convento, no hace falta resaltarlo, era una vida eremítica. Formada por mujeres que siguen al pie de la letra el precepto evangélico de «buscar primero el reino de Dios y su justicia». San Damián fue ideado desde el principio, tanto por  Francisco, como por Clara, como una comunidad abierta, tan abierta que no tuviera barreras: como un horizonte vasto como el mundo entero.  

 

4. CLARA MUJER LIBRE

 

 La pobreza de Clara es libertad, no sólo para seguir a Cristo, sino también para construir la fraternidad con los demás. Estos dos valores se encuentran significativamente unidos en el nombre primitivo «Hermanas pobres» (RCl 1,1 y TestCl 37).

 

 

4.1. Clara, paradigma del encuentro

 

Clara de Asís, mujer singular del siglo XIII, pertenece a esa familia humana que a nadie puede dejar indiferente. Los santos tienen la intuición genial para detectar lo absoluto y lo esencial del vivir. Abren caminos insospechados porque son audaces del riesgo y poseen el coraje de la aventura y de la creatividad.

Clara vivió la vida de tal manera que puede ofrecer a los hombres y mujeres categorías universales porque vivió lo concreto con validez universal. No es fácil en el mundo, realizar y vivir el encuentro, aunque la vida esté compuesta de encuentros permanentes, porque el hombre y la mujer modernos llevan tantas máscaras que encubren su verdadero rostro, cuando hacen propia la vida y costumbres de las grandes «estrellas del momento». La máscara forma parte de la cultura que proclama tanto la sinceridad y la transparencia. Descartes el filósofo de las «ideas claras y distintas» lleva consigo una enorme máscara que encubre bajo una impresionante ironía.

 Clara no poseía una voluntad de sospecha ni de desconfianza sino una voluntad de encuentro, de acogida, de escucha, de confianza y de servicio. Acercarse a Clara es ponerse en contacto con una personalidad singular, llena de misterio, de fascinación y de transparencia. Acercarse a Clara es encontrarse con un ideal humano y cristiano difícil de imitar. A Clara puede aplicársele lo que Manselli escribía de Francisco, que «tenía el don supremo de la simpatía instintiva»; y, como él, ella es una de las personalidades más originales y radicales que ha ofrecido la historia humana. Alma santa e insigne que vivió la utopía del evangelio como forma prodigiosa de la vida cotidiana..

Los grandes promotores de la vida religiosa, como Clara, siempre fueron testigos excepcionales de esa gran revolución del corazón que se traduce en el modo humano y entrañable de tratar todos los seres humanos y naturales con ternura y simpatía, con respeto y espíritu de finura y de escucha porque todos los seres creados tienen su propio valor, su propio mensaje y su propia significación como igualmente su propia palabra, que es necesario escuchar y descubrir. Clara trasmite esta ternura y simpatía que posee  a sus hermanas, siendo paciente y comprensiva con las más débiles.   

Clara de Asís fue capaz de encuentros verdaderos y profundos porque fue libre, fue transfigurada, fue capaz de escuchar, de mirar la realidad con ojos nuevos y transparentes y fue capaz de participar y de celebrar. Esta elección  es definitiva, está resuelta a renunciar a todo para adquirir la perla preciosa del Reino. Pero ¿quién será capaz de conocer y profundizar el sufrimiento que experimentó su tierno corazón, la dolorosa separación de sus seres queridos?  Sólo la gracia de Dios fue quien la impulsó. Porque esta gracia es exigente;  pero en definitiva es la gracia  la que da  libertad, para quien quiere comprometerse y tomarla en serio.

Clara es la otra parte del otro, es decir, de Francisco, hijos naturales de Asís, patria chica que ha visto nacer y desarrollar la vida excepcional de dos grandes santos, Francisco y Clara, que han creado historia y fueron y siguen siendo paradigmas de comportamiento para muchos hombres y mujeres de su tiempo y del nuestro, porque sus personas y sus vidas encarnaron e hicieron creíble una utopía que parecía imposible.

«Francisco representa la palabra, Clara el silencio; Francisco vive la acción, Clara la contemplación; Francisco se convierte en mensaje de paz, Clara en fermento de unidad; Francisco es la transparencia, Clara la luz; Francisco patentiza el ánimus creador, Clara el ánima fecunda; Francisco es el gran especialista de Dios, Clara es el testimonio alegre de «lo único necesario». Francisco y Clara, hijos biológicos de una ciudad. Entre el Asís de antes y el de después de Francisco y de Clara hay una gran ruptura, hay un cambio de rumbo histórico; hay un alma distinta, una nueva subjetividad y un nuevo horizonte espiritual».

Clara, noble de familia, se convierte en mujer libre y luminosa por propia voluntad y decisión personal y como consecuencia de ininterrumpidos encuentros profundos consigo misma, con Francisco, con Dios, con su propia familia, con sus hermanas, con la Iglesia, con sus conciudadanos y con los hermanos y hermanas de religión. Es decir, ella pertenece de lleno a la estructura vital y arquitectónica del franciscanismo en cuanto movimiento evangélico y forma de vida.

Clara es una especialista del encuentro porque previamente se dejó encontrar y se abrió a las posibilidades ilimitadas que el ser humano anida en sí. El encuentro con Francisco que había sido elegida nada más y nada menos que por el mismo Dios, cuyo «poder es más fuerte, su generosidad más alta, su aspecto más hermoso, su amor más suave, y todo su porte más elegante» (CtaCl 9).

La noche del domingo de Ramos de 1212, clara abandona la casa paterna y se dirige a santa María de los Ángeles, se puso en la dinámica del encuentro del amor y del amor transformador de Dios. Desde estos momentos su corazón es iluminado  con la luz de Francisco, el cual dice Clara: «era columna nuestra, nuestro único consuelo después de Dios, y nuestra firmeza» (TestCl. 38). De este modo se encuentra existencialmente con Jesucristo y, como posteriormente escribe a Inés de Praga: «Amándole, sois casta; abrazándole, os haréis más pura; aceptándolo, sois virgen» (1 CtaCl 8). Ella misma quedó sellada fuertemente por aquellos encuentros que la convierten en una mujer amable y acogedora hasta ser llamada «el último refugio de las atribuladas» (RCl 4, 12). Este deseo de salir al encuentro desde la caridad, la cortesía y el respeto lo transformó en precepto al ordenar que las abadesas deben demostrar «una familiaridad grande» con todas las hermanas (RCl 10,4); al mismo tiempo impulsa a las hermanas para que salgan al encuentro de los más necesitados siendo así  «cooperadoras del mismo Dios y sostenedoras de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable» (3 CtaCl 8). Concluyendo en el Testamento con el gran precepto del amor cristiano: «Amándoos mutuamente con la caridad de Cristo, mostrad exteriormente por las obras el amor que interiormente os alienta, a fin de que, estimuladas las hermanas con este ejemplo, crezcan siempre en el amor y en la caridad recíproca» (TestCl 59-60).

En Clara predominan la disponibilidad, el enfrentamiento y la decisión radical de ser coherente hasta las últimas consecuencias.  Ella vivió intensamente el encuentro con un Dios vivo y comunicativo, que siempre exige más. Clara fue adquiriendo gradualmente una gran lucidez interior gracias a la cual sabía de dónde venía y a dónde iba, y cuál era el camino que tenía que recorrer. Clara practicó prodigiosamente la categoría del encuentro porque descubrió, vivió y celebró la gratuidad del sacramento de la vida y de la creación.

El encuentro, como dimensión relacional antropológica, está íntimamente vinculado a la categoría de presencia. « Desde que Clara abre su corazón al Espíritu, es consciente de esta presencia del Tú absoluto, le es fácil descubrir la presencia total en los pobres, en los sabios, en la misma creación y sobre todo en los acontecimientos de su vida personal. Su apertura a todos los seres se fundamenta en su propia experiencia vivida de la paternidad universal de un Dios que es amor y es gratuidad. Por eso su vida se transformó en transparencia comunicativa y en acción de gracias.

En la fenomenología del encuentro de la santa de Asís se nos revela la transfiguración de su propia personalidad. Clara de nombre, lucha contra las opacidades y oscuridades que cada ser humano lleva en sí y se manifiestan en la ambigüedad personal, se transformó en mujer de luz y en semáforo luminoso de trascendencia.  Fue una mujer transparente que lucho contra las perfidias del equívoco y del engaño. Su voluntad de transparencia se manifiesta en la imagen del espejo que tanta importancia tiene en sus escritos.

Si Clara llega a ser luz es porque previamente superó la oscuridad que la rodeaba; y si consiguió la gran libertad es porque superó las grandes resistencias y venció las incontables dependencias menudas de la vida cotidiana. La libertad humana siempre se ve amenazada porque la persona en su caminar por la existencia no logra desprenderse de su ambigüedad y de no pocos condicionamientos y contradicciones.

La libertad es el gran privilegio de la persona humana, que puede tenerla simplemente como posibilidad de llegar a ser libre o puede lograr realmente ser una persona libre. Sólo se consigue ser  libre después de un largo proceso de liberación de invisibles y pequeñas esclavitudes que acosan y rodean cotidianamente a cada cual, en su propia situación y circunstancia. El ser humano es un complicado tejido de ser y no ser, de tener y de desprenderse, de apropiación y desapropiación. Y si la negación de uno mismo es el paso obligado para la propia afirmación, igualmente la verdadera libertad no se logra sin un largo proceso de liberación.

En la conquista de la libertad la persona humana se encuentra y se enfrenta con cosas que hay que saber valorar como puras mediaciones en la propia vida. El radicalismo de Clara en la pobreza no proviene de un maniqueísmo ni de un desprestigio de las cosas cuanto de una gran valoración de la libertad. Ella sabe  muy bien que quien mucho posee fácilmente es poseído. Por eso en su estilo de vida ofrece una ética de la frugalidad y una cultura de la ascesis.

 Clara se presenta como una personalidad fuerte, ejemplo de femineidad auténtica y madura. Es mujer pobre y humilde, libre y valiente, hermana y madre de numerosas compañeras; es más, se siente, esposa, madre y hermana del mismo Señor Jesucristo, «adornada por el estandarte luminoso de la virginidad inviolable y de la pobreza santísima» (1 CtaCl 18). Clara ha ejemplarizado una nueva tipología femenina no bajo la máscara de la seducción petrificante sino de la seducción liberadora y transparente.

 

5.  LIBRE PARA SER POBRE

 

 La elección de Clara se inspira en el amor a Cristo: «Esperaba conformarse en perfectísima pobreza con el Crucificado pobre, de manera que ninguna cosa transitoria separara a la amante del amado y retardara su marcha hacia el Señor» (LCl 14). De hecho, corría «libre y ligera, sin carga, detrás de Cristo» (LCl 13).La pobreza es libertad para estar disponibles para Dios y para el prójimo. Y si la pobreza es libertad, recordemos que es camino seguro hacia la solidaridad y el amor. Y camino hacia la paz. Entonces es comprensible  el amor universal de Francisco, así como el de Clara, hunde sus raíces en la pobreza perfectísima y altísima.

 

5.1. Clara, una «mujer pobre»

 

El amor de  Cristo pobre hace de Clara estar en pie, como una mujer libre que escucha en lo más profundo de su corazón el llamado a vivir según el Evangelio en la pobreza más radical. Si recoge su vida entre las manos, es para entregarse totalmente al más bello entre los hijos de los hombres.

 La vida espiritual, como emerge de las Fuentes, oscila entre dos polos: Pobreza y Reino de Dios; vacío de sí misma y plenitud de Dios: Cristo pobre y humilde. Son los dos polos; en la vida de Clara, lo mismo que el Evangelio, que se convierten, en su camino espiritual, uno solo, con rostro de Cristo, pobre y crucificado y, a la vez, «rey de la gloria» (Proceso 4,19) y canal del espíritu en la humanidad.

 «El reino de los pobres» (Mt 5,3). La pobreza del hombre y la plenitud del Padre se desposan en Cristo Jesús, el reino presente entre nosotros. Clara tiene conciencia nítida de ello: « ¡Oh pobreza bienaventurada, que da riquezas eternas a quienes la aman y abrazan!» Cristo «¡Oh piadosa pobreza, a la que se dignó abrazar con predilección el Señor Jesucristo, el que gobernaba y gobierna cielo y tierra, y, lo que es más lo dijo todo y fue hecho» (I carta 16;17).

«No es posible ambicionar la gloria en este mundo y después reinar allí con Cristo» (I Carta). Porque, teniendo a menos la alteza de un reino terreno, como emuladora de la santísima pobreza, te comprometiste, en espíritu de gran humildad y de ardentísima caridad, a seguir las huellas de Aquel con quien has merecido unirte como esposa» (II Carta).

Frente a Dios, Clara es «la pobre» por excelencia. Su vida, por voluntad del Altísimo Padre celestial y bajo la guía de Francisco (TestCl), pasa a través de una experiencia áspera, dura, desnuda e integral de una pobreza material y moral que la misma Clara, en su Regla, deberá llamar con muchos nombres para hacerse comprender: «pobreza, trabajo, tribulación, ignominia, desprecio del mundo» (RCl 6. IV Carta).

 

5.2. La pobreza de Clara: fe desnuda

 

Es preciso no tener ya a nadie en este mundo, haber dado completamente las espaldas a la familia, como el hijo de Pietro Bernardone y Clara Favarone: «Desde ahora quiero decir: Padre nuestro, que estás en los cielos, y no padre Pedro Bernardone» (TC 20). Tal es precisamente la pobreza de Clara, según la reflejan sus fuentes: un abrirse de par en par frente a Dios, con ilimitada confianza en las promesas evangélicas hechas a los pobres (Mt 6,19-21 y 25-34; Lc 12,22-32). Un quedarse libres, con el corazón despejado de toda preocupación humana, libres como «los pájaros del cielo» (Lc 12,6).

El Padre celestial es, para Clara, aquel Padre de quien se puede decir, al fin de la vida, que «siempre te ha mirado como la madre al hijo pequeño que ama» (Proceso III, 20; XI ,3); y bendecirlo y darle gracias, frente a la hermana muerte, como «mujer pobre» que todo lo ha recibido gratuitamente de Él: «Tú, Señor, seas bendito porque me has creado...»

 La pobreza de Clara es una pobreza radical, capaz de excavar este vacío hasta en lo más íntimo del corazón; es una kénosis o anonadamiento -una gama amplia de pobreza-obediencia-amor de la humillación (LCl 12-14); capaz de hincar de rodillas, ante el Altísimo Padre, no sólo la persona, sino aquel fondo del ser humano donde anida, negligente y doble, el yo del orgullo.

Clara, despojada de todo apoyo humano  se hace libre, desligada, abierta, disponible ante la plenitud del Bien, que brota como manantial gozoso del seno del Padre de las misericordias e inunda de «secreta dulzura el corazón de los amigos» (Carta III). Incluso el recuerdo de esta plenitud de Bien hace que el corazón se le sobresalte: «brilla dulcemente en la memoria» (Carta IV), escribe Clara, e invita, exhorta, apremia a ser cada vez más pobres, más vaciados: pobres a la medida de Francisco, para ser, como él, cabida del Dios «todo el Bien».

 

5.3. Una medida propia de enamorados

 La medida de Francisco: una medida de enamorados.  «Los  que abrasan esta  vida, distribuyen  a los pobres sus bienes, y se contentaban con una túnica, remendada  el cordón y los calzones. Y no codiciaban tener más» (Test 16-17).

 Esta misma es la medida de Clara, enamorada como Francisco. «Al comienzo de su conversión, hizo vender su herencia paterna, y la distribuye a los pobres. Desde aquella hora, dejando el mundo afuera, enriquecida la mente hacia dentro, ligera de equipaje, corre en pos de Cristo» (LCl 13).

Clara en la Regla, siguiendo la línea de la Regla I de Francisco y de la Bulada, prescribe: «Si alguna, movida por inspiración divina, viniere a nosotras queriendo abrazar esta vida... dígasele la palabra del santo Evangelio: Que vaya y venda todas sus cosas y procure repartirlas entre los pobres» (RCl 2): porque «el Señor nació pobre y fue reclinado en el pesebre, pobre vivió en el mundo y desnudo permaneció en el patíbulo...» (TestCl).

 

6. LIBRES  PARA VIVIR  EN CLAUSURA

 

 La clausura: non «mezzo de comtemplazione», ma modo tipico delle clarisse di esprimere il misterio pasquale. Una kénosi per una  comunione: una norte per una vita, en Forma Sororum 20 (1993) pp.  201-203.

 

6.1. La clausura, expresión del misterio Pascual

 

 Al vivir enclaustradas, Clara y las Damianitas verdaderamente reviven el misterio de Cristo, para realizar la misión de restaurar la Iglesia en una dimensión enteramente contemplativa; valga la redundancia, en una dimensión que parte del interior, de la raíz, de la profundidad.

  Vivir la clausura, para las Damianitas, así como para las Clarisas de hoy,  continuadoras de esta  vivencia carismática, es participar activamente del misterio pascual de Cristo Jesús: en  soledad, despojo, cruz, muerte, sepulcro y resurrección. Es  sumergirse y profundizar en plenitud  en el misterio trinitario, que bien puede definirse como un vivir «escondidas» con Cristo en Dios.

 

6.2. Una kénosis para una comunión: una muerte para una vida.

 

La clausura en la Orden de las clarisas capuchinas hoy no puede ser comprendida como «un medio para…» La clausura es más: es un modo típico de profundizar aquella kénosis de Jesucristo, que es propuesta por Él para quien  lo quiera seguir. Por medio de los consejos evangélicos, que hunden sus raíces en la kénosis, y en el anonadamiento de Cristo. De este modo la vida contemplativa de las Hermanas Pobres de Santa Clara, en su jornada histórica, aparece con una fisonomía propia, muy distinta a las características, de otras Órdenes, aun las dedicadas a la vida contemplativa-claustral.

El seguimiento primordial de Cristo pobre y crucificado, condujo a Clara y sus primeras compañeras a descubrir el valor profundo de la clausura de forma carismática. Y este modo de «vivir enclaustradas» viene a florecer significativamente desde muy temprano como un cuarto voto, el Voto de Clausura, que caracteriza  y da originalidad a la Orden de las Damas Pobres.

Vale la pena analizar, a la luz de recientes estudios, los hechos relacionados con el tema. Clara, después de su experiencia en el monasterio benedictino, se marcha a san Pablo de Panzo, situado en una ladera del monte Subasio.  Según un estudio reciente de Mario Sensi: Dice que  santo Ángel de Panzo no era un monasterio benedictino, como se pensaba de dicho monasterio, era una casa de «encarceladas» o «penitentes», como las existentes en el monte Subasio, cerca de Asís. Lo que significa que Clara, no satisfecha con la experiencia benedictina, quiso tener otra opción de vida religiosa, eligiendo la de  «encarcelada».

 La espiritualidad de las «encarceladas» o «penitentes», tiene más relación con el nombre de «Orden de las damas encerradas» (Proc XVI, 2), nombre designado por el común de la gente del lugar, para identificar  a las Orden de las damas pobres, según el proceso de canonización de santa Clara (año 1253).  Con toda probabilidad, a este estilo de vida perpetua, Clara debe más a éstas, que a la familia benedictina o cisterciense: porque es aquí donde ella  recibe la inspiración, «en la cárcel de este estrecho lugar se encerró la Virgen Clara por amor a su celeste esposo» (LCl 10). «Se encierra como en una cárcel….se encierra como en una tumba…En esta estrecha cárcel  se abre sólo a la vista de Dios».

 Otra  observación frecuente, sin fundamento alguno, es la siguiente: en tiempo de Francisco y Clara se afirmaba que, no se concebía la vida religiosa femenina  fuera del claustro. Es totalmente inexacto; porque poco antes de santa Clara surgió en Flandes el movimiento las llamadas de Beguinas, cuya espiritualidad era  la vida de oración y de trabajo, muy parecida a lo que hoy llamamos  vida activa.   

Por su parte, El padre Jesús María Bezunartea, OFM Cap. hace una importante  aportación, relacionada al tema que nos ocupa o más bien completa lo que falta a la reflexión de Chara Lainati. Él parte del texto que condensa toda la espiritualidad Clariana; se trata de la Bula de aprobación de la Regla, en su segunda parte (el texto del Cardenal Rainaldo) dice así:

 «Vosotras, amadas hijas en Cristo, despreciasteis las pompas y placeres de este mundo y decidisteis seguir las huellas del mismo Cristo y de su santísima Madre. Por ello, elegisteis vivir encerradas y servir al Señor en suma pobreza para daros a Él con plena libertad de espíritu…. (Pról RCl2)».

 Estas palabras aunque no sean originales de Clara, dice el autor, describen una experiencia espiritual propia de la misma Clara, que parecen estar escritas por ella misma. Ella traza los rasgos fundamentales y espirituales de su experiencia de clausura, tal como es la vivencia  en san Damián.

 El misterio Pascual de Cristo consta de tres momentos fundamentales: Pasión, muerte y resurrección del Señor. Cuando Jesús invita a sus discípulos para seguirle, les dice: «si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16,24)». Estas palabras que introducen en la kénosis o anonadamiento, condición indispensable para participar del reino. Como había anunciado a los hijos del Zebedeo (Mc 19, 33-40).   

La bula antes citada, se refiere directamente y expresamente  a la experiencia de clausura de Clara y las Damianitas, aquí se encuentra precisamente el momento del misterio pascual, en el hecho de «haber despreciado las pompas y placeres  de este  mundo». Clara recuerda este hecho en su Testamento contraponiendo su vida de conversión cuando se encontraba en «en las miserables vanidades del siglo (TestCl 24)».    

Clara en lugar de los placeres mundanos y transitorios busca otros: «no rehusábamos indigencia alguna, pobreza, trabajo, tribulación, ni ignominia, ni desprecio, del mundo, sino que más bien considerábamos  estas cosas como  grandes delicia (TestCl ». Esta ascética con la que dominaban sencillamente la carne  y  sus pasiones, es el primer paso pero un paso especial de la experiencia pascual vivida por Clara en su vida de consagración, encerrada en la clausura. Esta sin duda habrá sido la experiencia fuerte del paso intermedio entre el mundo y la vida con  «plena libertad de espíritu», entregada totalmente al Señor: la experiencia del sepulcro o segundo momento del misterio pascual. A este momento pertenecen las palabras: «Por ello, elegisteis vivir encerradas y servir al Señor en suma pobreza» (Pról RC 12).

La clausura ofrece una experiencia kenótica de descenso al sepulcro, donde se gesta una vida nueva, a través  de la soledad, o separación del mundo, para disfrutar del silencio del claustro del corazón, es decir un estar a solas con quien sabemos nos ama, gozando de lo único necesario (Lc 10,42), como Clara misma escribe a Inés de Praga (2 CtaCl 3). «Para Clara la clausura pertenece a Dios, el instrumento a través del cual se entra en la heredad» (ib).    

Última consideración, en la línea de esta nueva vida, engendrada en el alma a través de esta separación. Clara escribe a Inés  de Praga en su tercera carta. Allí le   menciona expresamente la semejanza existente entre la experiencia de María, como madre de Jesús que acogió a su Hijo «en el pequeño claustro de su vientre sagrado y lo formó en su seno de doncella (3CtaCl 3)».

Al concluir el tercer capítulo, lo hago con el tema de la clausura por ser el signo más significativo  de la libertad de la Clarisa Capuchina.  Es un medio por el que se expresa la total pertenencia al Señor crucificado. La clausura es un estar encerradas en el cuerpo, pero libres en el espíritu y haciendo propias las necesidades de los más indigentes y marginados de la sociedad.

 

Al ir profundizando y adentrándome en los escritos  de nuestra santa madre Clara, descubriendo su perfil. Ella era una mujer noble, de grandes y sólidos ideales, convicciones claras y firmes, por los cuales luchó hasta lograr, encarnarlos en su vida personal y comunitaria. Clara vive la oración contemplativa, dejándose transformar «totalmente… en la imagen de su divinidad» (3 CtaCl 13). Clara y sus primeras seguidoras, con  espíritu alegre y sencillez  franciscana, afrontan todas  las pruebas y adversidades con paciencia y valentía «No temían ninguna pobreza, fatiga, tribulación, humillación y desprecio del mundo, al  contrario, todo lo consideraban como una delicia» (RCl 6,2). Clara es libre, porque es capaz de tener verdaderos encuentros profundos y prolongados con el Señor, es el manantial donde ella aprende a escuchar y ver la realidad con ojos nuevos y trasparentes. Su libre elección la impulsa a adquirir y poseer la perla preciosa del Reino.

 

 La pobreza de Clara es libertad, no sólo porque sigue a Cristo, sino también porque construye la fraternidad. Nosotras también estamos llamadas a reproducir estos mismos valores en nuestras comunidades. El ejemplo de Jesús debe ser el que nos motive a vivir con entusiasmo y alegría nuestra entrega. Él nos muestra el camino cuando dice: «Nadie me quita la vida, yo mismo la doy» (Jn 19,17).  Nosotras fuimos llamadas por Él y libremente decidimos seguirlo; que esta opción sea la que nos motive para afrontar con paz y responsabilidad la adversidad. Clara por su parte también nos impulsa a no perder de vista el camino abrazado.

«Recuerda como otra Raquel tu propósito, y mirando tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo que haces y jamás  cejes. Con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen ni aun se te pegue el polvo del camino, recorre la senda de la fidelidad, segura, gozosa, expedita y con cautela; ni asientas a ninguno  que quiera apartarte de este propósito, sino abraza como virgen pobre a Cristo pobre».

 

 Que estas palabras de nuestra madre santa Clara sean un aliciente en los momentos de prueba, para seguir adelante con gozo y alegría nuestra entrega al Señor, porque sólo Él es digno de ser amado.           

 

 

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Autores citados en esta reflexión    

BARTOLI Marco, «Clara de Asís», Editorial Franciscana Aránzazu (Guipúzcoa) 1992. P. 32-33.  

Cfr. www.franciscano.net

 IRIARTE DE ASPURZ. P. Lázaro O.F.M. Cap. «Vocación franciscana», Colección Hermano Francisco- Hermana Clara, 19752, p. 74.  

Cfr. La «Obediencia caritativa», http://www.franciscanos.org/temas/iriarte13.htm (28/5/2010).

Cfr Ibíd.

 Cfr TRIVIÑO, Victoria, «El Éxodo de Clara» Selecciones de Franciscanismo, vol. XXV n. 74 (1996). p. 298.

Cfr «Conferencia Episcopal Umbra» Selecciones de Franciscanismo, vol. XXII, n. 66 (1993), p. 331.

Cfr MERINO, José Antonio, «Clara, Paradigma del encuentro »Selecciones de Franciscanismo, vol. XXIV, n. 70 (1995). P. 89.

Cfr Ibid.  «Conferencia Episcopal Umbra», vol. XXII, n. 66 (1993) 330-337, p. 331.

Cfr Ibid P. 332.

 Ibid, p.334.

 Ibid, «Clara Paradigma del encuentro», p. 91.

Cfr. BARTOLI, Marco, «Clara de Asís», Editorial Franciscana Aránzazu, Oñate, 1992, p. 129.

 R. Manselli, San Francisco, Roma, 1990, p. 247.

 Cfr MERINO, J.A., «Clara, paradigma del encuentro», Selecciones Franciscanas, vol. XXIV, n. 70 (1995) 85-94,   p.86.

Cfr TRIVIÑO, Victoria, «El éxodo de Clara», Selecciones Franciscanas, vol. XXV. N. 74 (1996), p. 297.

MERINO José Antonio, «Visión franciscana de la vida cotidiana», Ediciones Paulinas 1991, p. 287

Cfr «Conferencia Episcopal Umbra», Selecciones de Franciscanismo, vol. XXII, n.66 (1993), p.334.

Cfr FRANCE BECKER, Marie, «Clara de Asís», Ediciones Ciudad Nueva, Madrid, 1993, p.99.

Cfr LAINATI, Chiara Augusta, «Clara, una «mujer pobre», Selecciones de Franciscanismo, Vol. IX, n. 25-26 (1980), p.199.  

OMAECHEVARRIA, Ignacio, «Escritos de santa Clara y documentos complementarios», Ediciones  Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 19994, I carta 16-17. p. 383.

Cfr. Ibid p. 200.

Ibid, una  «Lectura  Clara de Asís a  través de las  fuentes», Lainati OSC.  p.201.

Ibid  p.201

Ibid p. 203

Cfr Sandra María, OSC. Monasterio Nazaret – Brasil, (Publicación: Curso Clariano – Etapa 12 - 1991 - 1993)

Cfr LAINATI, A. Chiara, OSC. «La Clausura expresión del misterio Pascual», Selecciones de Franciscanismo 65 (1993), 239-242, p.239-240.

Cfr BEZUNARTEA, J.M., «Clausura y misterio Pascual», Selecciones Franciscanas, 66, (1993), 503-506, p. 503-504.

 

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