Clara… 1212

Reflexión de la Hermana María de Cristo

Presidenta de la Federación de Nuestra Señora de los Angeles

¿Cómo fue tu Cuaresma, esa Cuaresma de 1212? Ese año la habías iniciado con el signo de conversión, ese 8 de febrero… Miércoles de ceniza. ¡Cómo han resonado en tu corazón las palabras del Apóstol: “Ahora es el tiempo propicio, ahora es el día de salvación!” – Lo tomaste en serio… era ya más de un año que caminabas esperando ese “tiempo propicio”. El Domingo de Ramos se acerca y con él la señal esperada.

Tu corazón late al ritmo de la gracia y, mientras se acerca el momento de desatar todo lazo, preparas tu éxodo. El futuro es desconocido pero no incierto, pues sabes bien que Aquel que te llama y enamora, conduce tu historia. Ya ha trazado la ruta de tus pasos y a El te fías. –Lo dirás después bien claro: “El Hijo de Dios se ha hecho para nosotras Camino”. Eso te basta, saber que Jesucristo es tu Camino, lo demás… lo sabe El y es suficiente.   

Domingo de Ramos

Ha llegado el día… 18 de marzo; has recibido la señal de la palma y el ramo de olivo puesto en tus manos por el obispo. Ya el Esposo está  a la puerta… te espera esa noche. Con El entrarás en la ciudad santa, iniciarás con El tu “subida a Jerusalén” al amanecer del lunes santo.  

–Pensando en esa noche, en tu escapada… no puedo menos que recordar aquello del místico poeta, en su “Noche Oscura”. Pareciera que de ti lo hubiera escrito:

    ” En una noche oscura,

con ansias en amores inflamada,

(¡oh dichosa ventura!)

salí sin ser notada,

estando ya mi casa sosegada.                    

 

  A oscuras y segura,

por la secreta escala disfrazada,

(¡oh dichosa ventura!)

a oscuras y en celada,

estando ya mi casa sosegada.                    

 

  En la noche dichosa,

en secreto, que nadie me veía,

ni yo miraba cosa,

sin otra luz ni guía                             

sino la que en el corazón ardía”. 

                                                                      (San Juan de la Cruz)

Esa noche, “amable más que la alborada”, tu llama se encendió y comenzó a brillar, clara, como tu nombre. Son ya ocho siglos de luz que siguen irradiando la claridad de tu vida y tu carisma, ese don de la entrega a Jesucristo sin reservarte nada para ti, ese don de ser hermana pobre y sencilla, de ser llama de oración escondida y silenciosa. Entrega y vocación que se prolongan en la vida de cada hermana que toma en sus manos la antorcha viva y ardiente del carisma clariano.

Gracias, Madre Clara, por tu llama viva, ardiente y luminosa que has confiado como tu don a tus hermanas, para ser portadoras de la misma luz…

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