CLARA A LOS PIES DEL CRUCIFICADO.

Reflexion por la Hermana Luz María Leyva,  presidente de la Federacion de Nuestra Señora de los Angeles

CLARA A LOS PIES DEL CRUCIFICADO.

     El tema de Jesús crucificado era frecuente en Clara y lo evidencia en su devoción al recitar diariamente la oración de las cinco llagas[1]. Además, en una carta, recomienda a Ermetrudis de Brujas: “Meditad asiduamente en los misterios de su Pasión y de los dolores que sufrió  su Santísima Madre al pie de la cruz (Carta a Ermetrudis de Brujas); refiriéndose a Jesucristo su esposo.

     Nuestra madre santa Clara concentraba su meditación en “Dios-hombre”, que es el cristo pobre convertido en el más vil de los varones: despreciado, golpeado, azotado de mil formas en todo su cuerpo, muriendo entre las atroces angustias de la cruz (Carta II a Santa Inés de Praga ).

     Santa Clara, en el silencio del convento, como digna esposa de Cristo, cargó con Él la cruz del dolor. Muchas fueron sus penitencias y muchos sus dolores, pero, como María, la Madre de Jesús, guardó  en el interior de su corazón toda agonía.

     Cuando escribe: “Observa, considera, contempla con el anhelo de imitarle” (Proceso de canonización X), se está refiriendo al misterio de la pasión y también al misterio del Cristo Total. Ella se convierte en imitadora de Cristo en el silencio de San Damián. Igual que María y Juan, Clara está a los pies del Cristo crucificado.

     Las hermanas que se empeñan en observar el santo Evangelio, son, para Clara, cooperadoras del mismo Dios y de los miembros vacilantes de su cuerpo inefable.  Por ello, Clara se convierte en ejemplo de espejo, para que sus hermanas vean en ella una forma de amar la cruz por amor (Proceso de canonización X).

     En las tentaciones, en los acontecimientos dolorosos, en las dificultades, en las pasiones que asedian el alma y en las pruebas inherentes de toda la vida, Clara que ya lo ha vivido, nos exhorta a permanecer firmes en Dios con alegría y fidelidad.

     Como Clara, hay que partir, no reservar nada para nosotras, dejarlo todo, morir a nosotras mismas para alimentar al mundo con nuestra oblación, contar con Dios y su destino.

     El último canto de la vida de nuestra madre,  termina con una alabanza que es bendición para nosotras: Clara nos invita a alabar a Dios, a darle gracias por todos los beneficios con que nos ha colmado. Esta bendición es un grito de gratitud al amor de Dios por todos.


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