LAS FAMILIAS DE SANTA CLARA

Reflexión por el Padre Guillermo Kraus

El Cardenal Sean O´Malley, OFM Cap. fue instalado como el obispo de Fall River, Massachusetts en el año 1992 (¡el día 11 de agosto!).  En su homilía comentó que en aquel momento él pertenecía a tres familias: la familia carnal de sus papás biológicos y culturas históricas, la familia capuchina de su vida consagrada y religiosa, y ya la familia eclesial de la diócesis de Fall River.  Dijo a la gente en la catedral que al servir a su nueva familia de la Iglesia local, no iba a olvidarse de sus raíces y familias históricas, sino quería aprovechar de las riquezas de sus experiencias y sabiduría familiares en su ministerio nuevo.

Creo yo que la fe profunda de sus papás, el humor y la sabiduría de su cultura irlandés, y la sencillez y el hábito de su vida Capuchina le están sirviendo bien en su ministerio como obispo y cardenal.  Nuestro hermano Cardenal Sean es un hombre de Dios bien arraigado en todas sus familias.

Me impresiona, al leer capítulo II en nuestro estudio de la Regla y al reflexionar en la vocación de Santa Clara, que ella también está bien arraigada, como un árbol sólido y fructífero, en su historia familiar.  En su fundación de la familia de las Damas Pobres de San Damián, se queda siempre la hija de sus papás y su ambiente doméstico, la heredera de la fe y la cultura del pueblo de Asís, y la beneficiaria de su historia “franciscana” compartida con Francisco, el hombre pobre de Asís. 

Este mes hemos celebrado el Día de la Vida Consagrada, en el mismo día con la Presentación del Señor, para recordarnos que nuestra vocación religiosa esta arraigada ambos en nuestro nacimiento biológico en la familia y en nuestro nacimiento eclesial por el bautismo.  Tres familias se unen en la historia y la riqueza de nuestra vocación: la casa, la Iglesia, y la vida Capuchina.

Entendemos por los documentos de la Iglesia sobre la vida consagrada que el “salir del mundo” no significa dejar atrás nuestro bautismo ni nuestra formación cristiana y católica en la cuna de la familia y la cultura.  Significa más bien dejar atrás los pecados y las esclavitudes del “mundo” seglar para dedicarnos fiel y generosamente al Señor y a la iglesia en nuestra vocación propia.

Desde la separación y el silencio de la clausura, Nuestra Madre Santa Clara se unió continuamente en el Espíritu con su familia, rezando por ella, animando la santidad de su familia y pueblo queridos, y también invitando a sus familiares y a las habitantes de Asís a ingresar con ella en su vida consagrada.  Desde su vida encerrada, Clara y sus hermanas mantenían con Francisco y sus hermanos, en prudencia y vigilancia, contactos y diálogos provechosos para el mutuo crecimiento espiritual de la familia franciscana-clariana.

Podríamos, entonces, preguntarnos: ¿Estamos manteniendo un contacto prudente y transparente con nuestras familias carnales, según el guía de nuestra Regla y las Constituciones, para el apoyo de nuestras vocaciones e las vocaciones de ellas? 

¿Estamos animando e invitando a nuestras familiares a la vida capuchina, o a otras vocaciones religiosas o sacerdotales en la Iglesia?

En nuestras relaciones fraternas con los hermanos Capuchinos y con la familia franciscana, ¿estamos aprovechando los diálogos espirituales, evangélicos y franciscanos-clarianos – con prudencia y transparencia – para nuestro crecimiento mutuo y para aquella santidad que es la meta para todos?

Qué Clara, la llama del Evangelio y de la santidad quien arde y brilla después de 800 años, nos anime y nos fortalezca en vivir el don precioso de nuestra vocación con todo los alimentos disponibles de todas nuestras familias.

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