EL CENTRO DE LA VIDA: JESUCRISTO

Por el Padre  Guillermo Kraus, OFM Cap.

EL CENTRO DE LA VIDA: JESUCRISTO, CRUCIFICADO Y RESUCITADO Mira todos los días este espejo, ¡oh reina, esposa de Jesucristo!, y continuamente observa en El tu rostro, para que así toda entera te adornes, interior y exteriormente, cubriéndote de vestidos variadas (cf. Sal 44,10), adornada igualmente con flores y con los vestidos de todas las virtudes, como corresponde a la hija y esposa queridísima del sumo Rey. En este espejo resplandece la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como podrás, con la gracia de Dios, contemplarlo por toda el espejo. Observa bien, digo, el principio de este espejo, la pobreza, ya que fue colocado en un pesebre y envuelto en pañales (Lc. 2,12)…. En medio del espejo contempla la humildad, compañera de la bienaventurada pobreza.… Al final de ese mismo espejo contempla la inefable caridad por la quiso padecer en al madero de la Cruz y morir en la misma con una muerte, la más ignominiosa de todas (Cta. IV). La invitación maternal de Santa Clara a Santa Inés y a nosotros a contemplar a Jesús desde la circunferencia del espejo hacia su fondo central, profundizándonos en las virtudes de pobreza y humildad y caridad, nos subraya una dimensión fundamental de nuestra espiritualidad franciscana-clariana: su Cristo-centrismo. Jesucristo crucificado y resucitado es el centro de la historia humana, el único evangelio para la salvación el mundo. Para San Buenaventura, es la “coincidencia de los opuestos,” que une lo divino y lo humano, lo eterno y lo temporal. Cristo es el eje de todas las virtudes y la fuerza que centra toda la vida. Hay dos fuerzas en el mundo físico: la fuerza centrífuga que tira hacia fuera las cosas materiales, las dispersa y las divide; y la fuerza centrípeta, que atrae hacia un punto central la cosas materiales, las congrega y las une. ¿Qué serían las fuerzas centrífugas en la vida consagrada? La ausencia de oración personal y litúrgica, la falta de leer la Biblia u otra lectura espiritual, los celos y envidias y críticas entre las hermanas, el romper el silencio y la clausura, el mal uso de la televisión y el Internet y la comunicación electrónica. Estas actividades y omisiones nos dispersan y nos dividen, y nos distraen de enfocarnos en Jesús, el centro de la vida y de la fraternidad. Pero Santa Clara se preocupaba más por nutrir el trigo que por arrancar la cizaña, entonces es muy importante enfocarnos en las fuerzas centrípetas en medio de nosotros. La fidelidad a la contemplación diaria, la oración litúrgica bien celebrada, el leer la Palabra de Dios y compartir le fe, las prácticas de penitencia y reconciliación, el capítulo local dedicado al crecimiento fraterno, el cargar la cruz de la enfermedad y el cuidar de una hermana enferma, el trabajar juntos para el sustento de la monasterio, el agradecer y afirmar a todas las hermanas en la fraternidad. Estas actitudes y actividades centrípetas no solamente unen a las hermanas a Jesús y la una a la otra, sino también atraen a otras muchachas a considerar nuestra vida como su vocación en la Iglesia. En estos días de celebrar la fiesta de Nuestra Madre Santa Clara y al observar continuamente este tiempo jubilar de su vocación, miremos con mucha confianza al Espejo que es Jesucristo, el eje y el centro de nuestra santidad y nuestra fraternidad. Que la aclamación del libro de la Revelación se realice más y más en nuestros monasterios: No vi templo alguno en la Ciudad; porque el Señor Dios, el Dueño del universo es su Templo, lo mismo que el Cordera (Rev. 21,22).

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