Clara de Asís: Ser Plenamente Mujer

Por la hermana Maria de Cristo Palafox

Todo hombre y mujer pueden alcanzar una madurez y realización humana cuando viven verdadera y significativamente relaciones entrañables y perdurables; relaciones de entrega y responsabilidad que permiten salir de sí mismo para darse a los demás de muchos modos.

Ahora, reflexionando específicamente en presencia de Jesús, sobre esos modos, veamos sobre esta experiencia que la  realización de la mujer, va íntimamente unido a su genuina vocación de ser mujer. Una mujer es más plena en tanto vive, a imagen de María la Madre de Cristo, la experiencia de ser esposa, madre, hija. “…así como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente, así también tú, siguiendo sus huellas, ante todo las de la humildad y pobreza, siempre puedes, sin duda alguna, llevarlo espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal, conteniendo a Aquel que os contiene a ti y a todas las cosas”[Cf Carta III]

La mujer como esposa comparte los ideales, vive las luchas, triunfos y fracasos con  su compañero, a quien le ha confiado su vida y la vida de los hijos. Lo mismo la mujer consagrada, es llamada a vivir la experiencia de seguir las huellas, de compartir la vida de su Esposo Jesucristo, y como a tal, le confía su vivir y el cuidado de sus hijos espirituales. Como toda esposa que quiere agradar, complacer a su esposo,  así, el alma esposa procura revestirse de Jesucristo (Rm. 13,14)

Santa Clara nos comparte el itinerario esponsal que recorre cada hombre y mujer en su estado propio; aunque sus cartas  se dirigen específicamente a una mujer, la experiencia esponsal abarca también la vida del hombre en su experiencia de ser alma esposa de Jesucristo. Así lo expresa San Francisco en su carta a todos los fieles: “Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a Jesucristo. Somos ciertamente hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre, que está en el cielo (cf. Mt 12,50); madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo”

Santa Clara al compartir con Sta. Inés a quien llama hermana, hija y madre, le va describiendo ese proceso de entrega al Señor, revelándole el camino de su armoniosa realización como hermana, hija, esposa y madre que ella misma vive. Ese encontrarse con el Señor desde su realidad femenina que le lleva al culmen de su autentica realización de su ser y hacer.

Para ser una  mujer auténtica ha de ser una buena cristiana. Dice santa Clara a santa Inés: Mira atentamente a diario este espejo, oh reina, esposa de Jesucristo, y observa sin cesar en él tu rostro, para que así te adornes toda entera, interior y exteriormente [CtaCla4].  Cuando nos  miramos en el espejo que es Jesucristo, podemos ir conociendo y acogiendo nuestra vocación y conoceríamos la verdadera dicha de amar sin reserva. Jesucristo da su vida hasta el derramamiento de su sangre porque nos amó hasta el extremo, y todavía más, lo tenemos presente por su inmenso amor en este humilde pedazo de pan. Jesús da su vida, su cuerpo, su sangre como alimento solo por amor. Esto lo vemos muy claramente cuando una mujer da a luz un hijo. Da su cuerpo y alimenta con su sangre… El gozo de la mujer es  iluminar, preservar y fomentar la vida de los demás desde su genuina naturaleza femenina. Pero no olvidemos que en ese dar vida se encuentra la  lucha, el sacrificio y la renuncia de sí mismo. Integrar la feminidad en nuestras vidas es llegar a ser dadores de vida, semejantes a Cristo.

Demos gracias en este momento al Señor por todas las mujeres que han estado a lo largo de nuestro camino ofreciéndonos su vida de muchas maneras, especialmente por la Mujer que trajo al mundo al Salvador y por la que nos permitió nacer recordándonos con su maternidad  la imagen, la esencia del amor divino.

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