HERMANAS CLARISAS

 

Carisma y Espiritualidad

Nuestra Orden de Clarisas Capuchinas profesa la Regla de Santa Clara, que consiste en vivir el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Vivirlo practicando la Obediencia, Pobreza y Castidad. Cada uno de estos consejos Evangélicos es vivido según la enseñanza y espíritu de santa Clara y los ideales que surgieron de la reforma capuchina adoptada por nuestra madre María Lorenza Longo, que son: vivir en suma pobreza sin dote ni posesión alguna, austeridad de vida, retiro del mundo bajo rígida clausura, sencillez en la vida fraterna, pero sobre todo intensa vida de oracíon de día y de noche.

 

Santa Clara fue un alma fiel, todo lo que prometió al Señor lo viv

 

 

Santa Clara fue un alma fiel, todo lo que prometió al Señor lo vivió hasta el final de su vida, fue obediente a la santa Iglesia y a San Francisco. Vivió la pobreza desde el principio de su entrega al Señor hasta su muerte y obtuvo para nosotras el“Privilegio de la pobreza”.

 

LA OBEDIENCIA

 

Para una Clarisa Capuchina la obediencia es obediencia caritativa, en la cual es partícipe de la amorosa sumisión y obediencia de Cristo al Padre. En esta caridad y obediencia que nos da la verdadera libertad, quienes nos hemos reunido en su nombre, nos ponemos al servicio de unas a otras, mediante el desapropio de la propia voluntad, y dóciles al Espíritu Santo. En diálogo fraterno unimos nuestros esfuerzos para descubrir y realizar la voluntad de Dios. (3)

 

LA POBREZA

 

Nuestros fundadores San Francisco y Santa Clara siguieron a nuestro Señor Jesucristo y a su Madre Santísima sin tener nada propio bajo el cielo.

 

Hemos sido llamadas a seguir sus huellas y vivimos esta pobreza mirando a Cristo Jesús, nuestro Salvador, que pobre fue reclinado en el pesebre, pobre vivió en el mundo y desnudo permaneció en la cruz, (4) convirtiéndose para nosotras en la misión primordial: servir al Señor en pobreza, humildad y desapropio total, en pobreza absoluta y sin medios seguros de vida. (5) Somos pobres en bienes materiales para poder ser ricas en virtudes.

 

Siendo Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima nuestra única riqueza formamos una nueva familia de hermanas espírituales en la que nuestro Padre es el Celestial y nuestra Madre es María. (6)

 

Nuestra pobreza se inspira en el Evangelio y se apoya en la fe firme en la providencia del Padre Celestial que tiene puesto sus ojos en quienes hemos dejado todo por Él. (7)

 

LA CASTIDAD

 

Con el ejemplo de Santa Clara, que es nuestro modelo de castidad perfecta, nosotras hemos escogido voluntariamente por amor a Cristo y por el Reino de los cielos vivir en castidad. La castidad libera nuestro corazón y nos dispone a un amor a Dios sin división “como lo describe el primer mandamiento: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas.” (8) Por este don insigne de la gracia, la castidad consagrada a Dios nunca nos reduce la capacidad de amar sino que nos libera el corazón para un amor profundo, gratuito, incondicional y universal.

 

NUESTRA VIDA Y MISION EN LA IGLESIA

 

Estamos asociadas al misterio de la Iglesia: “Unidas a la Iglesia somos como estandarte, faro de luz para quienes en la Iglesia o fuera de ella buscan la salvación.”(9)

 

Participamos de su fecundidad virginal espiritual: Para enriquecerla con frutos de santidad como lo expresó Santa Clara a Santa Inés en su tercera carta: “Te considero colaboradora del mismo Dios y sostén de los miembros vacilantes de su cuerpo inefable.”(v. 8)

 

Tomamos parte de su vida, santidad y misión salvífica: Haciendo nuestras las necesidades de la Iglesia universal y particular, sobre todo a través de la oración privada y comunitaria en la alabanza divina, por la recitación de la Liturgia de las Horas, y la participación activa en la Eucaristía.

 

Siendo llamadas a ser un signo preclaro de la Iglesia, profesamos adhesión y reverencia al Romano Pontífice, obediencia activa a los Obispos y honor a los sacerdotes, porque ellos nos administran espíritu y vida. (10)

 

LA CLAUSURA

 

A ejemplo de Cristo que vivió primero una vida oculta en Nazaret, que después se retiró al desierto y buscaba con frecuencia lugares solitarios para orar, hemos aceptado libremente esta separación del mundo y “llevar vida encerrada en cuanto al cuerpo, a fin de dedicarnos al Señor con espíritu libre.”

 

La clausura nos hace estar más presentes en el mundo, ella es el signo de nuestra consagración total a Dios y el medio para realizar nuestra misión contemplativa para gloria de Dios y servicio de la Iglesia y del mundo. (11)

 

VIDA CONTEMPLATIVA

 

Jesús, nuestro Señor, pasaba muchas horas en oración íntima con el Padre Celestial. Nosotras por esta especial llamada a la vida contemplativa y a ejemplo de San Francisco y Santa Clara que no desearon ni anhelaron nada bajo el cielo sino sólo a Dios, hemos sido llamadas a vivir entregadas totalmente a Dios, viviendo en soledad y silencio, en asidua unión con Dios por la oración y en una vida de generosa penitencia para enderezar a Dios de manera estable nuestro espíritu y nuestra vida. Esta forma de consagración a Dios y a su Reino, nos prepara para la eterna contemplación, que constituye la común vocación de todos los redimidos. (12)

 

VIDA FRATERNA

 

La misión de Cristo Primogénito entre todos los hermanos (Rom 8, 29), consiste en congregar a todos los hombres en la familia de Dios y conducirlos a la unidad y a la comunión con el Padre. (13) Una comunidad religiosa es la expresión de ese esfuerzo laborioso de la comunidad cristiana entera por llevar acabo la unidad, a fin de que el mundo crea.. (Jn 17, 21)

 

La fraternidad es el corazón del carisma clariano. Dios concedió a San Francisco y Santa Clara hermanos y hermanas, esto fue para ellos un signo claro de que Dios les llamaba a vivir la perfección evangélica. (14)

 

Como comunidad contemplativa somos esencialmente una comunidad orante, nuestra fuerza unitiva la extraemos de la oración y especialmente de la mesa Eucarística. 15) Habiendo sido congregadas por el Señor para vivir la santa unidad por la caridad, y como una nueva familia que se ha reunido en el nombre de Jesús, nuestra comunidad religiosa se convierte en un signo para todo el mundo, de la caridad perfecta que se vive en el cielo.

 

TRABAJO

 

El trabajo es una gracia del Señor; y es condición inseparable de nuestra vida en pobreza y humildad, el medio ordinario y más digno de procurarnos lo necesario para la vida y al mismo tiempo es expresión del servicio fraterno; además nos ofrece la posibilidad de practicar la caridad fuera del monasterio.

 

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vivió hasta el final de su vida, fue obediente a la santa Iglesia y a San Francisco. Vivió la pobreza desde el principio de su entrega al Señor hasta su muerte y obtuvo para nosotras el“Privilegio de la pobreza”.

 

Nuestra vida en obediencia

 

Para una Clarisa Capuchina la obediencia es obediencia caritativa, en la cual es partícipe de la amorosa sumisión y obediencia de Cristo al Padre. En esta caridad y obediencia que nos da la verdadera libertad, quienes nos hemos reunido en su nombre, nos ponemos al servicio de nuestras hermanas, mediante el desapropio de la propia voluntad, y en docilidad al Espíritu Santo. En diálogo fraterno unimos nuestros esfuerzos para descubrir y realizar la voluntad de Dios.

 

Pobreza evangélica

Nuestros fundadores San Francisco y Santa Clara siguieron a Cristo y a su Madre Santísima sin tener nada propio bajo el cielo. Hemos sido llamadas a seguir sus huellas. Vivimos esta pobreza a ejemplo de Cristo Jesús, nuestro Salvador, que pobre fue reclinado en un pesebre, pobre vivió en el mundo y desnudo permaneció en la cruz. Es por ello que nuestra misión primordial es: servir al Señor en pobreza, humildad y desapropio total, sin medios seguros de vida. Somos pobres en bienes materiales para poder ser ricas en virtudes. Por medio de esta pobreza Dios es nuestra unica riqueza.

Nuestra pobreza se inspira en el Evangelio y se apoya en la fe firme en la providencia del Padre Celestial que tiene puesto sus ojos en quienes hemos dejado todo por Él.

Nuestra Vida en castidad

A ejemplo de Santa Clara, nosotras hemos escogido voluntariamente por amor a Cristo y por el Reino de los cielos vivir en castidad. La castidad libera nuestro corazón y nos dispone para amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas y a todos los hombres con la caridad de Cristo  pues ésta libera el corazón para un amor profundo, gratuito, incondicional y universal. La castidad es un don insigne de la gracia.

 

 

 

 

Nuestra vida en fraternidad

La misión de Cristo Primogénito entre todos los hermanos (Rom 8, 29), consiste en congregar a todos los hombres en la familia de Dios y conducirlos a la unidad y a la comunión con el Padre. Una comunidad religiosa es la expresión de ese esfuerzo laborioso de la comunidad cristiana entera por llevar acabo la unidad, a fin de que el mundo crea.. (Jn 17, 21) La fraternidad es el corazón del carisma clariano. Dios concedió a San Francisco y Santa Clara hermanos y hermanas, esto fue para ellos un signo claro de que Dios les llamaba a vivir la perfección evangélica.

 

Como comunidad contemplativa somos esencialmente una comunidad orante, nuestra fuerza para vivir unidas la extraemos de la oración y especialmente de la mesa Eucarística. Habiendo sido congregadas por el Señor para vivir en unidad, como una nueva familia que se ha reunido en el nombre de Jesús, nuestra comunidad religiosa esta llamada a ser un signo para todo el mundo, de la caridad perfecta que reina en el cielo.

 

El trabajo

 

El trabajo es una gracia del Señor; y es condición inseparable de nuestra vida en pobreza y humildad, el medio ordinario y más digno de procurarnos lo necesario para la vida y al mismo tiempo es expresión del servicio fraterno; además nos ofrece la posibilidad de practicar la caridad fuera del monasterio.

 

 

 

les llamaba a vivir la perfección evangélica.

 

Como comunidad contemplativa somos esencialmente una comunidad orante, nuestra fuerza para vivir unidas la extraemos de la oración y especialmente de la mesa Eucarística. Habiendo sido congregadas por el Señor para vivir en unidad, como una nueva familia que se ha reunido en el nombre de Jesús, nuestra comunidad religiosa esta llamada a ser un signo para todo el mundo, de la caridad perfecta que reina en el cielo.

 

 

 

 

Nuestra vida y mision en la Iglesia

 

Estamos asociadas al misterio de la Iglesia y Participamos de su fecundidad espiritual. Somos llamadas a enriquecerla con frutos de santidad y a cooperar en la mision salvadora de Cristo, como lo expresó Santa Clara a Santa Inés en su tercera carta: “Te considero colaboradora del mismo Dios y sostén de los miembros vacilantes de su cuerpo inefable.”

Tomamos parte de la vida, santidad y misión salvífica de la Iglesia: Haciendo nuestras las necesidades de la Iglesia universal y particular, sobre todo a través nuestra oración privada y comunitaria en la alabanza divina, por la recitación de la Liturgia de las Horas, y la participación activa en la Eucaristía.

Somos llamadas a ser un signo preclaro de la Iglesia en el mundo. Profesamos adhesión y reverencia al Romano Pontífice, obediencia activa a los Obispos y honor a los sacerdotes, porque ellos nos administran espíritu y vida.

 

Nuestra vida en clausura

 

A ejemplo de Cristo que vivió primero una vida oculta en Nazaret, después se retiró al desierto y buscaba con frecuencia lugares solitarios para orar, hemos aceptado libremente la separación del mundo, llevando vida encerrada en cuanto al cuerpo, a fin de dedicarnos al Señor con espíritu libre.

La clausura es signo de nuestra consagración total a Dios y el medio para realizar nuestra misión contemplativa para gloria de Dios y servicio de la Iglesia y del mundo.

 

Nuestra Vida contemplativa

 

Jesús, nuestro Señor, pasaba muchas horas en oración íntima con el Padre Celestial. Nosotras por esta especial llamada a la vida contemplativa, a ejemplo de San Francisco y Santa Clara que no desearon ni anhelaron nada bajo el cielo sino sólo a Dios, hemos sido llamadas a vivir entregadas totalmente a Dios, viviendo en soledad y silencio, en asidua unión con Dios por la oración y en una vida de generosa penitencia para enderezar a Dios de manera estable nuestro espíritu y nuestra vida. Esta forma de consagración a Dios y a su Reino, nos prepara para la eterna contemplación, que constituye la común vocación de todos los redimidos.

sobre todo a través de nuestra oración privada y comunitaria en la alabanza divina, por la recitación de la Liturgia de las Horas, y la participación activa en la Eucaristía.

Somos llamadas a ser un signo preclaro de la Iglesia en el mundo. Profesamos adhesión y reverencia al Romano Pontífice, obediencia activa a los Obispos y honor a los sacerdotes, porque ellos nos administran espíritu y vida.

 

Nuestra vida en clausura

 

A ejemplo de Cristo que vivió primero una vida oculta en Nazaret, después se retiró al desierto y buscaba con frecuencia lugares solitarios para orar, hemos aceptado libremente la separación del mundo, llevando vida encerrada en cuanto al cuerpo, a fin de dedicarnos al Señor con espíritu libre.

La clausura es signo de nuestra consagración total a Dios y el medio para realizar nuestra misión contemplativa para gloria de Dios, servicio de la Iglesia y del mundo.

 

Nuestra Vida contemplativa

 

Jesús, nuestro Señor, pasaba muchas horas en oración íntima con el Padre Celestial. Nosotras por esta especial llamada a la vida contemplativa, a ejemplo de San Francisco y Santa Clara que no desearon ni anhelaron nada bajo el cielo sino sólo a Dios, hemos sido llamadas a vivir entregadas totalmente a Dios, viviendo en soledad y silencio, en asidua unión con Dios por la oración, en una vida de generosa penitencia para enderezar a Dios de manera estable nuestro espíritu y nuestra vida. Esta forma de consagración a Dios y a su Reino, nos prepara para la eterna contemplación, que constituye la común vocación de todos los redimidos.

 

El trabajo

 

El trabajo es una gracia del Señor; y es condición inseparable de nuestra vida en pobreza y humildad, el medio ordinario y más digno de procurarnos lo necesario para la vida y al mismo tiempo es expresión del servicio fraterno; además nos ofrece la posibilidad de practicar la caridad fuera del monasterio.