El Espíritu Santo en la vida de Francisco de Asís

El Espíritu Santo en la vida de Francisco de Asís

                   “Sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su ¡santa operación![1]

El Espíritu Santo ilumino a Francisco en la fidelidad al Evangelio y a la Regla, pero aún más original que ello es su preocupación de vivificar la observancia “literal” del Evangelio con el Espíritu de Cristo.  Se trata de una observancia espiritual y de un nuevo movimiento impulsado por el Espíritu.  Las reformas franciscanas manifiestan una exuberancia del Espíritu, Espíritu que da vida y es vivificante. 

Francisco manifiesta suma atención y cuidado por el conocimiento e iluminaciones del Espíritu:

El varón de Dios, ausente del Señor en el cuerpo, se esforzaba por estar presente en el espíritu en el cielo; El mundo ya no tenía goces para él, sustentado con las dulzuras del cielo y al que se había hecho ya conciudadano de los ángeles, le separaba sólo el muro de la carne. Con toda el alma anhelaba con ansia a su Cristo; a este se consagraba todo él, no solo en el corazón, si no en el cuerpo… Buscaba siempre lugares escondidos, donde no solo en el espíritu, sino en cada uno de los miembros pudiera adherirse por entero a Dios, pero cuando estando en público se sentía de pronto visitado por el Señor, encontraba siempre manera de ocultarse a la mirada de los presentes y cuando no podía hacerlo, hacía de su corazón un templo[2].

Desde la primera visita del Señor cuando era aclamado rey de la juventud, se enseñoreó de él una impresión espiritual que lo arrebataba a las cosas invisibles, por cuya influencia tuvo todas las de la tierra como de ningún valor, más aún, del todo frívolas. Se abrasaba de fuego divino  en su interior y no podía ocultar al exterior el ardor de su espíritu.[3]  No desatendía por negligencia ninguna visita del Espíritu sino que respondía al regalo y saboreaba su dulzura todo el tiempo que se le daba. Aún cuando le apremiase algún asunto o se encontrase de viaje, al notar en lo profundo los toques de la gracia, dejaba que se adelantasen los compañeros y se detenía él, quedándose a saborear la nueva iluminación, sin recibir en vano la gracia[4].

Francisco aparece como iluminado para una vida en penitencia y como el seráfico: encendido, empapado o embriagado de la gracia del espíritu: “El Señor me concedió a mí, hermano Francisco, que así comenzara a hacer penitencia[5].  Cuando preguntaban a los primeros hermanos quienes eran, respondían: “Somos penitentes de la ciudad de Asís”[6]

Para Francisco, “El Espíritu santo, es el ministro general de nuestra religión se posa por igual sobre el pobre y sobre el rico, sin acepción de personas, y ella ha de ser lo mismo para pobres e iletrados que para ricos y sabios[7]”. “Quiso además prestar ayuda y consejo por sí y por los hermanos a las damas pobres (clarisas), en consideración a que un mismo espíritu sacó de este siglo tanto a los unos como a las otras[8]“.

 

 



[1] 2R 10,9

[2] 2C 94

[3] 1C 6

[4] 2C 94s

4 Test 1

5 TC 37

6 2C 139

8 2C 204

 

Sr. Leticia Gomez, O.S.C.Cap.

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