Feliz Navidad

GRECCIO: ¡VAYAMOS A BELÉN!
Fr. José Rodríguez Carballo,
Ministro General de la OFM (Greccio 25-12-2009)

A cuantos habéis llegado desde lejos o desde cerca a este lugar bendito de Greccio, para celebrar este día de alegría y de exaltación de la Navidad del Señor: el Niño de Belén, nacido de las entrañas virginales de María Virgen, os haga rebosar de gozo y experimentar la singular consolación que experimentó el hermano Francisco de pie ante el pesebre (cf. 1 Cel 85).

Greccio, lugar escogido por la Providencia para que el Seráfico Padre san Francisco hiciese memoria del nacimiento de Jesús en Belén (cf. 1 Cel 84), de una forma tan inusual en aquel tiempo que «para que dicha celebración no pudiera ser tachada de extraña novedad, afirma san Buenaventura, pidió antes licencia al sumo pontífice» (LM 10,7).

Greccio, nueva Belén, donde, al igual que en la primera Navidad de la historia, la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, y se valora la humildad (1 Cel 85). Greccio, lugar consagrado a la memoria de Francisco y al que, desde aquella noche memorable del 1223, acuden peregrinos de todas partes para recordar a este enamorado del misterio de la Encarnación que en este lugar quiso contemplar con sus propios ojos las modalidades elegidas por el Hijo de Dios para su ingreso en la historia de la humanidad. En efecto, fue aquí, en Greccio, donde tres años antes de su muerte, el Poverello quiso, de alguna manera, ver con sus propios ojos lo que el Niño de Belén sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en un pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno, para lo cual mandó prepararlo todo (1 Cel 84).

Esta es la razón de la reproducción viviente del nacimiento de Jesús en Belén: ver con los ojos de la carne, pero más aún con los ojos del corazón, a Jesús que siendo rico se hace pobre, siendo Señor se hace siervo, siendo el primero se hace último. Se trata de un ver que va más allá de la mirada física. La mirada de Francisco es una mirada amorosa, la mirada de un enamorado a la persona amada. Nos lo hace ver Celano cuando dice que Francisco está de pie ante el pesebre, desbordándose de suspiros, traspasado de piedad, derretido de inefable gozo (1 Cel 85), lo mismo que san Buenaventura cuando afirma que el Poverello transido de ternura y amor predica sobre el nacimiento del Rey pobre (LM 10,7).

Es esa mirada la que le abre al conocimiento y a la penetración profunda en el misterio de la Encarnación. No un conocimiento intelectual, sino un conocimiento que, como en la Biblia, es relación amorosa, y que manifiesta una cierta complicidad entre el amante (Dios que ama al hombre y envía a su Hijo) y el amado (Francisco que dejándose amar, se transforma en el amado). Y es esa presencia del amado la que le lleva a Francisco a derretirse en inefable gozo. Ya no hay motivo para tener miedo. A Francisco, como a todos los pobres de corazón, le ha sido revelada la gran noticia:Ha nacido el Salvador (Lc 2,11). Ya no hay situación, por desesperada que parezca, que pueda arrebatar esa alegría que sólo Dios puede dar. Finalmente nuestro Dios ya no se manifiesta en el fuego o en la nube, ya no se deja oír entre truenos, como hacía en el Antiguo Testamento; nuestro Dios deja la altura para abajarse y abrazar, con todas sus consecuencias, nuestra naturaleza herida. Nuestro Dios ya no es un Dios lejano: se ha hecho hombre, y se llama Emmanuel, Dios-con-nosotros.

De este modo el proceso de fe que inició con el ver, lleva a Francisco a encontrarse con el Verbo hecho carne, revelación de un Dios amor, y de este modo le lleva a creer. Y de nuevo hemos de decir que su fe no es una simple adhesión intelectual, sino que es transformación profunda de su ser, lo que le lleva al seguimiento. De este modo podemos decir que Francisco, reproduciendo de un modo plástico en Greccio el nacimiento de Jesús en el portal de Belén, quiere ver para conocer, y conocer para creer, y creer para seguirlo.

Francisco, que ha visto con sus propios ojos el nacimiento de un Rey pobre, nacido en una ciudad pequeña, en un establo, de una madre pobrecilla, quiere ahora, imitando sus huellas, seguirlo en la pobreza más radical, –sine proprio, sin nada de propio-, y en minoridad y humildad. Si el Verbo eterno del Padre eligió ese camino para hacerse hombre, Francisco elegirá ese mismo camino para seguir a Cristo. De este modo su misma vida será un icono del misterio de la Encarnación, y su existencia un evangelio viviente.

Queridos hermanos: llevados de la mano de las lecturas de estas celebraciones navideñas, también nosotros somos invitados a ir a Belén, para ver y contemplar, con José y con María su madre, al recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2,12). Como los pastores vayamos con presteza, corriendo (cf. Lc 2,16), allí nos aguarda algo maravilloso, jamás sospechado: el que desde un principio estaba junto a Dios, porque era Dios mismo, aquel por el cual todo fue hecho, y en quien estaba la vida, al cumplirse la plenitud de los tiempos, se hace hombre y planta su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,1ss; Gal 4,4), y entonces nuestros ojos podrán ver el retorno del Señor (cf. Is 52,8) y contemplar la bondad de Dios y su amor por la humanidad (cf. Tt 3,4).

Vayamos a Belén y al igual que los pastores, una vez visto y contemplado este prodigio del amor de Dios por la humanidad, volvamos a nuestras casas, a nuestro trabajo, y allí, en la cotidianidad de nuestra vida contemos lo que hemos visto y oído de ese Niño, el Dios-con-nosotros. De este modo Navidad se transformará en la fiesta del testimonio, de la misión. Y nosotros, como los ángeles en la noche santa de Navidad, como los pastores que corrieron a ver al recién nacido, como Francisco que aquí en Greccio hizo memoria viviente del misterio de la Encarnación, nos convertiremos en evangelistas, pregoneros y misioneros de la Buena Noticia que es para todo el pueblo: En la ciudad de David ha nacido el Salvador (cf. Lc 2,10-11).

Sí, hermanos: Nuestra Navidad no puede reducirse a una fiesta cualquiera. No basta con adornar nuestras casas y ciudades, no basta ni siquiera con colocar en ellas hermosos belenes. Jesús viene y pide posada en nuestros corazones, en nuestras vidas. Quiere nacer en ellos. Juan afirma: Vino a los suyos y los suyos no le recibieron (Jn 1,11). Los “suyos” estaban demasiado distraídos o tenían otros intereses. Tal vez el corazón de muchos estaba embotado. ¿Haremos nosotros lo mismo?

Necesitamos de la Navidad. Necesitamos de ese Niño indefenso que trae la salvación de nuestro Dios (cf. Is 52,10). Necesitamos de ese Niño envuelto en pañales, que trae la paz y es fuente de la verdadera alegría. Pero nuestro mundo también necesita de hombres y mujeres que anuncien y testimonien con su palabra y con sus vidas la presencia en medio de nosotros del Emmanuel, del Dios-con-nosotros. ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncian la buena noticia! (Is 52,7), afirma el profeta. Esa es nuestra misión: ser mensajeros de aquel que nos da la posibilidad de ser hijos de Dios (Jn 1,12). Ser hijos en el Hijo: esa es la vocación a la que hemos sido llamados. Y entonces, como en aquella Navidad de Greccio, en el 1223, Cristo resucitará en el corazón y en la vida de aquellos que lo habían olvidado (1 Cel 86). Y la alegría reinará en todos, porque para todos será Navidad.

Sr. Leticia Gomez, O.S.C.Cap.

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