EPIFANÍA DEL SEÑOR

 En la devoción popular se celebra como día de los Reyes Magos. Epifanía significa manifestación, y hoy celebra la Iglesia la manifestación del Señor a todas las gentes, representadas en los Magos, que no pertenecían al pueblo elegido de Israel, pero que, guiados por una estrella, acudieron a Belén donde adoraron al Niño y le ofrecieron sus dones. La solemnidad de la Epifanía se cuenta entre las máximas festividades del año litúrgico, ya que ella celebra, en el Niño nacido de María, la revelación de Aquel que es el Hijo de Dios, Mesías prometido y Luz de las naciones. Según la tradición, los Magos eran tres, Melchor, Gaspar y Baltasar, hombres sabios, entendidos en astrología, venidos de los países de religión pagana del entorno de Israel.-

 Oración: Señor, tú que en este día revelaste a tu Hijo Unigénito a los pueblos gentiles, por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

EPIFANÍA DEL SEÑOR
Benedicto XVI, Ángelus del 6-I-08

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos con alegría la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los pueblos del mundo entero, representados por los Magos que llegaron de Oriente para adorar al Rey de los judíos. Estos misteriosos personajes, observando los fenómenos celestes, vieron aparecer una nueva estrella e, instruidos también por las antiguas profecías, reconocieron en ella la señal del nacimiento del Mesías, descendiente de David (cf. Mt 2,1-12).

Por consiguiente, desde su primera aparición, la luz de Cristo comienza a atraer hacia sí a los hombres «que ama el Señor» (Lc 2,14), de toda lengua, pueblo y cultura. Es la fuerza del Espíritu Santo que mueve los corazones y las inteligencias que buscan la verdad, la belleza, la justicia y la paz. Es lo que afirma el siervo de Dios Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio: «El hombre se encuentra en un camino de búsqueda, humanamente interminable: búsqueda de verdad y búsqueda de una persona de quien fiarse» (n. 33): los Magos encontraron ambas realidades en el Niño de Belén.

Los hombres y las mujeres de toda generación, en su peregrinación, necesitan orientarse: entonces, ¿qué estrella podemos seguir? La estrella que había guiado a los Magos, después de detenerse «encima del lugar donde se encontraba el niño» (Mt 2,9), terminó su función, pero su luz espiritual está siempre presente en la palabra del Evangelio, que también hoy puede guiar a todo hombre a Jesús.

La Iglesia hace resonar con autoridad esa palabra, que no es más que el reflejo de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, para toda alma bien dispuesta. También la Iglesia, por tanto, desempeña en favor de la humanidad la misión de la estrella. Asimismo, algo semejante se puede decir de todo cristiano, llamado a iluminar, con la palabra y el testimonio de su vida, los pasos de los hermanos.

Por eso, ¡cuán importante es que los cristianos seamos fieles a nuestra vocación! Todo auténtico creyente está siempre en camino en su itinerario personal de fe y, al mismo tiempo, con la pequeña luz que lleva dentro de sí, puede y debe ayudar a quien se encuentra a su lado y tal vez no logra encontrar el camino que conduce a Cristo.

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Dear friends, in this Pauline Year, the Feast of the Epiphany invites the Church, and in her, every community and every single faithful, to imitate – as the Apostle of the Gentiles did – the service which the star rendered to the Magi from the East, leading them to Jesus (cfr St. Leo the Great, Disc. 3 per l’Epifania, 5: PL 54, 244).

What was Paul’s life, after his conversion, if not a ‘race’ to bring to the peoples [of the known world] the light of Christ, and vice versa, to lead the peoples to Christ?

The grace of God made Paul into a ‘star’ to lead people. His ministry is an example and a stimulus for the Church to rediscover herself as essentially missionary, and to renew her commitment to proclaim the Gospel, especially to those who do not know it yet.

But, looking at St. Paul, we cannot forget that all his preaching was nourished by Sacred Scriptures. Therefore, in the light of the recent General Assembly of the Bishops’ Synod, it must be reaffirmed forcefully that the Church and individual Christians can be a light that leads to Christ only if they nourish themselves assiduously and intimately in the Word of God.

It is the Word which enlightens, purifies, converts – not us, certainly. We are nothing but servants of the Word of life. That is how Paul thought of himself and his ministry: a service to the Gospel. “All this I do for the sake of the gospel, so that I too may have a share in it” (1 Cor 9,23)

And so should the Church, every ecclesial community, every bishop and every priest, be able to say: I will do everything for the Gospel.

Dear brothers and sisters, pray for us, the pastors of the Church, so that, by assimilating daily the Word of God, we can transmit it faithfully to our brothers. We too, pray for you, the faithful, because every Christian is called to Baptism and Confirmation in order to announce Christ, the light of the world, in words and with the testimony of his life.

May the Virgin Mary, Star of Evangelization, help us to fulfill this mission together, and may St. Paul, Apostle of the Gentiles, intercede for us in heaven. Amen.

Sr. Leticia Gomez, O.S.C.Cap.

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