CARTA DE SANTA INÉS DE ASÍS A SU HERMANA SANTA CLARA

SANTA INÉS DE ASÍS[Murió el 16 de noviembre y la Familia Franciscana celebra su memoria el 19 del mismo mes]. Hermana de santa Clara y émula de su vida y santidad, nació en Asís el año 1197. Pocos días después de que Clara, en 1211 ó 1212, se fugara de casa, hizo otro tanto Inés para, juntas, consagrar sus vidas totalmente a Dios. Su familia se empeñó en recuperarla, pero Inés se mantuvo firme en su propósito. Pasó la mayor parte de su vida en el monasterio de San Damián, situado a las afueras de Asís. Pero en fecha que no podemos precisar fue enviada al monasterio de Monticelli de Florencia, con el encargo de transferir a esta nueva comunidad el genuino espíritu de Clara, y allí permaneció como abadesa largos años. De este tiempo conservamos una preciosa carta suya dirigida a Clara. En el último período de su vida, Inés se encontraba de nuevo en Asís. Acompañó a Clara en su última enfermedad y en su muerte, acaecida el 11 de agosto de 1253, y poco después falleció ella.- Oración: Señor, Dios nuestro, por intercesión de santa Inés de Asís, que fue modelo de vida franciscana y ejemplo para muchas almas consagradas, concédenos emular su santidad en la tierra y gozar de su compañía en el cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

 

 

CARTA DE SANTA INÉS DE ASÍS
A SU HERMANA SANTA CLARA

1. A su venerable madre y señora en Cristo, distinguida y amadísima señora, a madonna Clara y a toda su comunidad: Inés, humilde y mínima sierva de Cristo, postrada a sus pies con total entrega y devoción, les desea cuanto de más dulce y precioso en el sumo altísimo Rey se puede desear.

2. De tal modo está establecida la condición de todos, que nunca se puede permanecer en el mismo estado; y, cuando alguno cree haber alcanzado la felicidad, entonces se ve sumergido en la desgracia. Por eso has de saber, madre, que mi carne y mi espíritu sufren grandísima tribulación e inmensa tristeza; que me siento sobremanera agobiada y afligida, hasta tal punto que casi no soy capaz de hablar, porque estoy corporalmente separada de vos y de las otras hermanas mías con las que esperaba vivir siempre en este mundo y morir. Ya comenzó esta tribulación, mas no se sabe cuándo terminará; en lugar de disminuir, crece cada día; me ha nacido hace poco, pero no parece acercarse al ocaso; la tengo siempre pegada a mí, y no tiene trazas de querer dejarme. Creía que la vida y la muerte deberían unir en la tierra a quienes tendrán una misma vida en el cielo, y que el mismo sepulcro debería encerrar a quienes tuvieron una misma cuna. Pero, a lo que veo, me había engañado, y ahora vivo angustiada, sola, atribulada por todas partes.

3. ¡Oh mis buenísimas hermanas! Condoleos y llorad conmigo. Y Dios quiera que nunca os toque sufrir otro tanto, pues en verdad os digo que no hay dolor semejante a mi dolor. Este dolor me aflige siempre, esta tristeza me atormenta de continuo, este ardor me abrasa sin descanso. Porque de todas partes me asedian angustias y no sé hacia dónde volverme. Os pido que me ayudéis con vuestras piadosas oraciones, para que esta tribulación se me vaya haciendo tolerable y ligera. ¡Oh dulcísima madre y señora!, ¿qué diré, si no tengo la esperanza de volveros a ver con los ojos corporales a vos ni a mis hermanas?

4. ¡Oh, si pudiese expresar mis pensamientos como lo deseo! ¡Oh, si pudiese poneros de manifiesto en estas páginas el prolongado dolor que preveo, que tengo siempre ante mí! El alma me arde por dentro y se siente atormentada por el fuego de infinitos dolores; gime íntimamente el corazón; y los ojos no cesan de derramar ríos de lágrimas. Estoy llena de tristeza y me voy consumiendo toda interiormente. No hallo consuelo por más que lo busco; voy sintiendo dolor sobre dolor, cuando pienso en mi interior que ya no me queda esperanza alguna de volver a veros jamás ni a mis hermanas ni a vos.

5. Por una parte no hay quien pueda consolarme de entre mis seres queridos; mas por otra encuentro un gran consuelo y también vos podéis alegraros conmigo por lo mismo, pues he hallado mucha unión, nada de disensiones, muy por encima de cuanto hubiera podido creerse. Todas me han recibido con gran cordialidad y gozo y me han prometido obediencia con devotísima reverencia. Todas ellas se confían a Dios, a vos y a vuestra comunidad, y también yo con ellas me encomiendo a vos en todo y por todo, para que os preocupéis solícitamente de mí y de ellas como de hermanas e hijas vuestras. Quiero que sepáis que tanto yo como ellas queremos observar inviolablemente vuestros consejos y preceptos durante toda nuestra vida.

Sr. Leticia Gomez, O.S.C.Cap.

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